domingo, 26 de noviembre de 2017

Las vidas sucesivas- Objeciones y críticas




Hoy podemos ver aquí :

- La Luz de tu Amor
- Las vidas sucesivas- Objeciones y críticas
- La complejidad de la obsesión
-Fidelidad





                                               *********************************

                                                                             
                                                               
                                      LA LUZ DE TU AMOR


Si pusieres amor en el tiempo que Dios te reserva, nunca te sentirás bajo el dominio del tedio o del desánimo, porque tus horas se convertirán en el placer de servir.. 

Si colocares amor en los afectos que el Señor te permite rendir culto, nunca sufrirás ingratitud o desengaño, porque transformará tu propio espíritu en vaso de abnegación y entendimiento, recogiendo en ti mismo la felicidad de hacer la felicidad de los seres queridos. 

Si cultivares amor en la ejecución del deber que la Divina Providencia te atribuye, nunca experimentarás cansancio o desencanto, porque el trabajo se te hará fuente de alegría, en la alegría de ser Útil. 

Si aplicares amor en los recursos verbales que la Sabiduría Eterna te confiere, nunca te complicarás en manifestaciones infelices, porque tu palabra se transubstanciará en claridad y bendición, en aquello en que te expreses. 

Si esparcieres amor en el lugar que las Leyes de la Vida te sitúen, nunca te observarás en la condición de victima del desequilibrio, porque tu influencia tornará serenidad y esperanza, garantizando la armonía y la tranquilidad donde estés.. 

Si conservares el amor en el corazón obra divina del Universo, nunca te perderás en la sombra, porque habrás convertido tu propia alma en presencia de luz. 

Emmanuel 
Francisco Candido Xavier. 

                                          **********************************




                                                                     


     Las vidas sucesivas - Objeciones y 
                               criticas 




Ya respondimos a las objeciones que, ya a primera vista, el olvido de las vidas anteriores trae al pensamiento; nos resta refutar otras de carácter ya filosófico y religioso, que los representantes de las iglesias oponen, a la doctrina de las reencarnaciones. 


En primer lugar, dicen, esa doctrina es insuficiente desde el punto de vista moral. Abriendo al hombre tan amplias perspectivas para el futuro, dejándoles la posibilidad de reparar todo en sus existencias futuras, alentándolo al vicio o a la indolencia; no ofrece estímulo de bastante poder y eficacia para la práctica del bien y por todas esas razones, es menos enérgico que el temor de un castigo eterno después de la muerte. 

La teoría de las penas eternas no es, como vimos, en el propio pensamiento de la Iglesia, más que un espantajo destinado a amedrentar a los malos; una amenaza del infierno, el temor a los suplicios, eficaz en los tiempos de fe ciega, ya hoy no reprime a nadie. En el fondo, es una impiedad contra Dios, de quien se hace un ser cruel, castigando sin necesidad y sin ser el castigo para corregir. 


En su lugar, la doctrina de las reencarnaciones nos muestra la verdadera ley de nuestros destinos y con ella, la realización del progreso y de la justicia en el Universo; haciéndonos conocer las causas anteriores de nuestros males, pone fin a la concepción inicua del pecado original, según el cual toda la descendencia de Adán, o sea, la Humanidad entera, sufriría el castigo de las flaquezas del primer hombre. Es por eso que su influencia moral será más profunda que la de las fábulas infantiles del infierno y del paraíso; pondrá freno a las pasiones, mostrándonos las consecuencias de nuestros actos, recayendo sobre nuestra vida presente y nuestras vidas futuras, sembrando en ellas gérmenes de dolor o de felicidad. Enseñándonos que el alma es tanto más desgraciada cuanto más imperfecta y culpable, estimulará nuestros esfuerzos hacia el bien. Es verdad que es inflexible esta doctrina; y por lo menos, proporciona el castigo a la culpa y después de la reparación, nos habla de rehabilitación y esperanza. 

Mientras que el creyente ortodoxo, imbuido de la idea de que la confesión y la absolución le borran los pecados, alienta una esperanza vana y prepara para sí decepciones en la otra vida, el hombre, cuya mente fue iluminada por la nueva luz, aprende a rectificar su proceder, a prevernirse, a preparar con cuidado el futuro. 


Hay otra objeción que consiste en decirse: Si estamos convencidos de que nuestros males son merecidos, de que son consecuencia de la ley de Justicia, tal creencia tendrá por efecto extinguir en nosotros toda la piedad, toda la compasión por los sufrimientos ajenos; nos sentiremos menos inclinados a socorrer, a consolar a nuestros semejantes; dejaremos libre curso a sus pruebas, puesto que deben ser para ellos una expiación necesaria y un 
medio de adelantamiento . Esa objeción es engañosa; emana de una fuente interesada. Consideremos, primero, la cuestión bajo el punto de vista social, la examinarémos después, en el sentido individual. El moderno Espiritualismo nos enseña que los hombres son solidarios unos con los otros, unidos por una suerte común. Las imperfecciones sociales, que todos más o menos sufrimos, son el resultado de nuestros errores colectivos en el 
pasado. Cada uno de nosotros trae su parte de responsabilidad y tiene el deber de trabajar para la mejora del destino general. La educación de las almas humanas la obliga a ocupar situaciones diferentes. Todas tienen que pasar alternadamente por la prueba de la riqueza y por la de la pobreza, del infortunio, de la enfermedad, del dolor. 


A todas las miserias de este mundo que no lo alcanzan el egoísta queda ajeno y dice: "Después de mí, el diluvio!" 


Cree que la muerte lo sustrae a la acción de las leyes terrestres y a las convulsiones de la sociedad. Con la reencarnación, cambia el punto de vista. Será forzoso volver y sufrir los males que contábamos legar a los otros. 


Todas las pasiones, todas las iniquidades que hubimos tolerado, animado, sustentado, sea por debilidad, sea por interés, se volverán contra nuestro. El medio social en pro del cual nada hubimos hecho nos obligará con toda la fuerza de sus brazos. Quien tiranizó, quien explotó a los demás será, a su vez, explotado, tiranizado; quien sembró la división, el odio, sufrirá sus efectos: el orgulloso será despreciado y el expoliador expoliado; aquel que hizo sufrir sufrirá. Si quisiereis asentar en bases firmes vuestro futuro, trabajad, pues, desde ya, en perfeccionar, en mejorar el medio en que habéis de renacer; pensad en vuestra propia reforma: es lo que es indispensable que se haga para que las miserias colectivas sean vencidas por el esfuerzo de todos. Aquel que, pudiendo ayudar a sus semejantes, deja de hacerlo, falta a la ley de solidaridad. 

EL PROBLEMA DEL SER, DEL DESTINO Y DEL DOLOR 
León Denis 


                                              ************************************

                                                         


                                                           

LA COMPLEJIDAD DE LA OBSESIÓN
IVONNE A. PEREIRABAJO ORIENTACIÓN DEL  ESPÍRITU ADOLFO BEZERRA DE MENEZES

 Y cierta noche, poco después, se vio en el amplio salón del Centro,un nuevo y edificante fenómeno de levitación verificado con otro obseso, tan espontáneo como el primero, sin ninguna provocación:
 Cierto ciudadano natural de la ciudad de Formiga, el Sr. Joaquín V, era un pequeño hacendado dueño de un sitio y vivía plácidamente, en sus luchas bucólicas. Es de extrañar que los obsesores tuvieran preferencia   por las personas del campo, pues por aquella época, eran numerosos los casos, afectando a hombres y mujeres de las zonas rurales. Así, aquel personaje convirtiéndose en presa de los “malos espíritus”, recurrió al Centro Espírita de Lavras a fin de solucionar su angustioso problema. Y llegando allí a la hora de la reunión mediúmnica, creo que el obsesor, más burlón y holgazán que propiamente malo, resolvió mostrar sus propias habilidades, suponiendo ciertamente infundir admiración y respeto a los   circundantes. Mal llegó al salón, el pobre hombre, Sr. Joaquín V., sube a la pared, da tres o cuatro pasos en la misma, por encima del nivel del piso, repite la proeza varias veces, equilibrándose de cada vez en sentido casi horizontal, y riéndose a carcajadas. Amorosamente invitado a descender y a no repetir la hazaña, ante el respeto que le mereció una rápida concentración organizada por las personas presentes, atendió con facilidad, encaminándose voluntariamente hacia el Puesto Mediúmnico, pareciendo ser informado antes de que debería penetrar allí, como si fuese conducido por los asistentes espirituales. Por el médium J.P., siempre presente para trabajos de tal naturaleza (era una de sus especialidades) , se   identificó al burlador como el “Chico de la Portera”, compadre del “enfermo”, que quería que se acordasen de él porque se sentía olvidado por el viejo amigo. Y conscientemente declaró, con naturalidad edificante:
 – No, yo no quiero hacerle ningún mal a mi compadre, pues me agrada mucho y por eso estoy aquí. Pero hace tanto tiempo que yo morí y él nunca me dio una oración, no me dio ni siquiera una misa, ni un   rosario y tan poco caso me dolió… Entonces, hago eso para que él se acuerde de mí…
 Encantada con el tenor de la comunicación, pregunté al comunicante, sirviéndome del derecho de observación facultado por la Doctrina:
– ¿Y cómo es que usted hace para que su compadre suba por la pared horizontalmente?
– Pues… Él es liviano y a mí me gusta jugar. Lo tomo por el brazo y le digo: – ¡Vamos a jugar un poquito, compadre! Y él va conmigo. Eso me divierte…
Enseguida, volviéndose hacia el compadre que, ya un poco más tranquilo, observaba al médium con ojos aterrorizados:
– Mande a celebrar una misa para mí, compadre, deje la “tacañería”… Yo sé que usted tiene los “cobres”…
 Era evidente que aquel pícaro conservaba en el Más Allá la creencia católica romana, pues exigía la misa como protección al nuevo estado en que se encontraba, y no sabía explicar en absoluto el modo de actuar para conseguir la proeza de su estimado compadre, subiendo horizontalmente por la pared vertical. Pero lo cierto era que él producía un fenómeno de levitación idéntico a los de “suspender objetos más pesados que el aire”, como aquellos realizados con mesas y poltronas pesadas: envolvía al amigo en sus propias fuerzas fluídicas y lo mantenía equilibrado en el aire, aunque se tratase de un fenómeno de corta duración. Tal vez hasta él mismo quizás fuese dirigido por otras entidades más experimentadas, interesadas en despertar nuestra atención para inducirnos a estudios más cuidadosos del Espiritismo.
 – En el mundo espiritual, donde vive en el presente, ¿nadie le advirtió de que no debería atormentar así a su compadre? – interrogué aún, procurando informaciones doctrinarias. Y él respondió con la misma   naturalidad:
 – ¿Qué mundo?... Yo vivo en mi sitio y en el de él, donde acostumbro pasar días y días, aquí, allí y allá, paseando… No fui para ningún otro mundo, no, y hasta tengo mucho miedo de esos asuntos… por eso quiero la misa y los rosarios de mis amigos…
No sé si el Sr. Joaquín V. atendió la petición del viejo amigo que pasó para el Más Allá. Lo que sé es que una vez curado, salió a las huestes espíritas y regresó a su tierra natal procurando estudiar la admirable   Doctrina de los Espíritus. En cuanto al placentero amigo “Chico de la Portera”, recibió él las oraciones sinceras del “Centro Espírita de Lavras”,durante mucho tiempo. Y el médium J.P., en ocasión de la primera comunicación de aquella entidad, oyó estas expresiones del Sr. JoaquínV., las cuales todos nosotros interpretamos como testimonio de identidad del comunicante:
–¡Ni la muerte puede con el compadre Chico! Él siempre fue así, atolondrado y juguetón. Que Dios lo tenga en su guarda…Y por cierto, esta fue la primera oración dedicada al amigo, que no lo olvidara después de la muerte…”
También tuvimos obsesiones violentas, en el mismo Centro, las cuales tardaron uno o dos años en ser resueltas, exigiendo de nuestro esfuerzo una dedicación sin límites, y otras incurables, que nos extraían   lágrimas del corazón, tal era nuestro pesar al ver, de un lado, al obseso sufrir su propio infierno en situaciones tan tortuosas que ni el genio de Dante Alighieri fue capaz de concebir, y, del otro, la inclemencia del obsesor, que, irreductible, no se resolvía en la renovación de sí mismo para la doble victoria, suya y de la víctima, victoria que el Cielo contemplaría jubiloso. Pero, muchas veces conseguíamos una victoria sobre el obsesor. Pero el obseso, una vez liberado del verdugo, resbalaba nuevamente hacia la indiferencia o hacia los excesos de naturaleza inferior, desatendiendo a su propia redención a la luz del Evangelio, y de nuevo era tragado por las fuerzas inferiores por sintonizarse intransigentemente con ellas. Así, pues,era obseso porque quería serlo. Como bien se percibe, en tales casos no existirían, ciertamente, persecuciones nacidas de viejos odios del pasado, sino incuria en el cumplimiento del deber ante la armonía de la ley divina, pues el obseso, poseyendo fuerzas mediúmnicas acentuadas, atraía hacia él a compañías perjudiciales del mundo invisible debido a su mal proceder   diario. En esos casos no habrá posibilidades de curación porque ésta depende de la reforma general del paciente.
 Citaremos todavía dos ejemplos más, ambos extraídos de los recuerdos de nuestras labores mediúmnicas. Fueron de los más penosos y bastarán para ilustrar el calvario que el médium sufre en su odisea de intermediario entre las fuerzas de dos mundos.
“Se decía que la joven Marta G. R., se casó por amor, con su primo P.S.R. No obstante, unos quince días después del matrimonio, la desposada se sintió mal, afirmando que una figura de hombre se aproximaba a ella durante la noche, a través del sueño, y la amarraba totalmente, enrollándola fuertemente con cuerdas, de los hombros a los tobillos. Se impresionaba mucho con tales sueños y pasó a vivir asediada   por terribles angustias y temores. Si la familia de Marta hubiese procurado tratarla por la terapia del psiquismo, después de los primeros síntomas del mal, tal vez éste hubiese podido ser remediado a tiempo. Pero, en vez de encaminarla a un Centro Espírita, su marido la llevó a un consultorio médico. El mal progresó rápidamente, a pesar de los medicamentos prescritos, y en poco tiempo la pobre señora estaba prácticamente paralizada por amarres de cuerdas. Pasó a vivir rígida, con los brazos endurecidos pegados al cuerpo, como si cuerdas invisibles le impidiesen los movimientos; nada más podía hacer porque –decía– estaba enrollada con dichas cuerdas; en esa situación, difícilmente se sentaba y caminaba  arrastrando los pies como si, realmente, los tuviese atados por los tobillos, y, para alimentarse, necesitaba que otro le llevase la comida a la boca. Así mismo dormía, tiesa; para higienizarla era necesaria la ayuda de tres o más personas, las cuales sólo con extrema dificultad lo conseguían.
 Finalmente, la joven dejó de hablar y se volvió muda. Entonces, la llevaron al Centro Espírita de Lavras. Ellos provenían de cierta localidad en la margen del Río Grande.
Como bien se percibe, se trataba de una obsesión, o hipnosis, durante el sueño, era de un tipo de los más graves que conocemos. La obsesa se entregaba, sin intentar reaccionar, pues, en efecto, difícil le sería reaccionar contra una fuerza maléfica de tal naturaleza.
Hecha la consulta a los asistentes espirituales del núcleo, fue declarado por éstos que el mal era incurable, pues se trataba de un tipo de obsesión producida por odio, por venganza de ofensas pasadas y celos   pasionales, y que la paciente sucumbiría al dar a luz, pues se encontraba en el inicio de su primera gestación. Pero que no por eso la abandonásemos: correspondía asistirla con un tratamiento de pases constantes e instrucción evangélica, y que perseverásemos en súplicas por el obsesor, porque no sería vano nuestro esfuerzo: sería una sementera misericordiosa para las florescencias futuras y alivio del presente.
La joven Marta era huérfana de madre. Muy pronto el marido se cansó de vivir junto a la esposa inútil. Desinteresándose de ella y de su enfermedad. Pero, quedaba el padre, amoroso y lleno de compasión. Aún   así, la situación era insostenible y la enferma fue internada en una conocida Casa de Salud espírita, donde recibió tratamiento médico y espírita adecuado, pero todo resultó en vano.
 El obsesor jamás consintió en decirnos por qué actuaba con tanto odio. Se limitaba a decir que la joven le pertenecía, que era su esposa y no del “otro”. Asistía a las sesiones, tomaba posesión del médium, era visto con toda nitidez por los videntes que lo describían como un varón joven, elegantemente vestido conforme a la moda de comienzos del siglo XIX, con puños de encajes, pero cuyas facciones duras denotaban odio inmoderado. No hubo nada que lo convenciese a dirigirnos la palabra y sugestionaba a la enferma para que se volviese muda y nada dijese sobre el caso. Y, en efecto, la paciente sucumbió en la época del alumbramiento.
No había condiciones físicas para el nacimiento del bebé, y, como estaba muda, no fue posible saber lo que sentía, haciendo imposible que se intentase una operación de cesárea.
 Piadosos, respetando el terrible pasado espiritual de aquella sufridora llamada Marta, los Guías Espirituales se negaron a darnos las explicaciones que deseábamos obtener. Además, ellos sólo acostumbran narrar los grandes dramas, vividos por sus pupilos, en novelas y cuentos de elevada   significación moral. Pero, como el médium poseía poderes vibratorios capaces de captar las noticias que fluctúan en el aura de los Espíritus que se comunican a través de él, y como no le fue ordenado que guardase en secreto semejante caso, porque la Humanidad necesita conocer esas impresionantes verdades a fin de meditar sobre ellas, descubrimos que el móvil de la terrible posesión había sido el adulterio femenino practicado en la existencia pasada, adulterio que el esposo ultrajado, amoroso, pero   celoso, no supo perdonar, interpretando también como adulterio el actual matrimonio de Marta. Pues ella le había prometido fidelidad al antiguo esposo, con la intención de librarse de su persecución, antes de la actual encarnación, o sea durante el lapso en el que ambos permanecieron en la vida espiritual, pero sin que hubiese podido cumplir con la promesa por las apremiantes circunstancias del propio estado de la encarnación actual, y ahora, durante el sueño, con la conciencia pesada por sentimientos de culpa, se entregaba al castigo, sin intentar ninguna reacción. En cuanto al nonato, que ciertamente sufrió por los reflejos vibratorios, nos pareció que se había complicado en un drama del pasado, por lo menos eso se nos autoriza a creer, en vista de casos parecidos, descritos en obras mediúmnicas ya del dominio público. Pero jamás obtuvimos respuestas al respecto.”
 Se preguntará el lector: ¿Cómo es posible que tales casos puedan suceder dentro de las leyes superiores del Amor, instituidas por el Ser Supremo?
Y la respuesta vendrá, simple y concisa: Todo eso será la consecuencia de infracciones a las mismas leyes, efectos lamentables de causas lamentables, frutos del libre albedrío mal orientado de cada uno.
Finalmente, registraremos la última ilustración, retratando los terribles dramas de la vida real de los que la Tierra es escenario, y donde contemplamos “el llanto y el rechinar de dientes” resultantes de los malos   actos practicados por nosotros.
 “El Reverendo Sacerdote J. era un joven de treinta y dos primaveras, culto, profesor de latín y portugués, orador muy elocuente, que arrebataba a los fieles con sus bellos sermones filosóficos y religiosos, y muy estimado por los amigos y por los alumnos. Pero, cierta mañana, en la pequeña ciudad de cuya parroquia era vicario, y cuando se entregaba a la celebración de la misa, abandonó súbitamente el altar, y, agitadísimo, se dirigió a su residencia, que quedaba próxima a la iglesia, se encaminó al fondo del terreno que rodeaba la casa y empuñando una azada, se puso a cavar la tierra con avidez. Extrañando el acontecimiento, por cuanto el sacerdote se encontraba revestido con las insignias religiosas, su madre se aproximó a él y le interrogó:
– ¿Qué haces, hijo mío? ¿Por qué estás cavando el terreno?
Y él, con la voz emocionada, ronca, los ojos brillantes, el rostro encendido, respondió lacónicamente:
 – Aquí hay un tesoro enterrado, necesito encontrarlo…
Pocos días después hubo necesidad de internarlo en un hospital psiquiátrico, pues su excitación crecía cuando se reconocía imposibilitado de cavar en aquel terreno.
 No acompañé el tratamiento médico del enfermo, puesto que tal hecho pasó durante mi juventud y lejos me sentía entonces de pensar que un día lo describiría para el público. Así, pues, no me interesé por los   acontecimientos, sino relativamente, y por eso no fui informada sobre el diagnóstico hecho por los psiquiatras del hospital. Pero es evidente que en el caso existía la llamada “idea fija”, detalle, por lo que parece, muy grave para la psiquiatría. No obstante, sé que el joven sacerdote estuvo hospitalizado durante catorce años sin presentar jamás ninguna mejoría, falleciendo sin dejar el hospital. Algunos padres de alumnos de él, que eran espíritas, recurrieron al Espiritismo, intentando, por caridad, algo a favor del amigo. Diez Centros Espíritas se interesaron por el caso, inclusive el Gremio Espírita de Beneficencia, de la Barra del Piraí, y el Centro Espírita de Lavras, donde yo ejercía la mediumnidad, y en todos ellos los   Guías Espirituales desengañaron al enfermo, aseverando que se encontraba doblemente alcanzado, física y espiritualmente, por una terrible expiación cuya complejidad estaría por encima de nuestra posibilidad de análisis, y agregando:
 – La obsesión posee meandros y enigmas que difícilmente el hombre comprendería. La propia evolución general del paciente se engloba en ella. Su propia mente se enmaraña en ella, se acomoda a ella, sufriendo  reflejos incurables en una sola existencia, con intoxicación letal, aun cuando el obsesor se haya retirado. Acostumbra a dilatarse al estado espiritual, tardando incluso hasta siglos en ser completamente disuelta. Orad pues por ambos, él y el obsesor, y sabed que, al reencarnar, el enfermo arrastró consigo la obsesión que, en la Tierra, solamente ahora se reveló de forma ostensible, cuando sus vibraciones se encontraron positivamente poseídas por las del obsesor.
 Mientras tanto, el perseguidor se presentaba fácilmente en todos los núcleos espíritas que se dedicaban al caso. Pero no decía nada. Se incorporaba en el médium, oía lo que le decían y guardaba silencio. Esa es la característica de los más intransigentes obsesores. Aquellos que hablan mucho, amenazan e insultan, o lloran y se lamentan, no son los peores. Son más que nada fanfarrones, comediantes, y proceden así pensando en atemorizar o conmover, para engañar mejor. Esa es una característica de la desesperación que les causa la situación en la que se encuentran. Pero eso no es así con los que guardan silencio. Estos están seguros de lo que hacen, vienen para ostentar cínica y cruelmente sus propias fuerzas en una provocación, pues son orgullosos e intransigentes en el odio, que denotan hasta en el sacrilegio ante las leyes de Dios. No se conmueven, no se hacen amigos de aquellos que piensan en convertirlos, y a veces son arrastrados, por la punición, para las inmediaciones de mundos inferiores, donde hacen una pasantía hacia su propia instrucción, en un supremo esfuerzo por la rehabilitación, regresando después a la Tierra, intentando de nuevo el progreso. Los médiums videntes distinguían fácilmente a aquel obsesor, incluso yo misma, y todos estábamos de acuerdo al describirlo, habiendo un intercambio epistolar entre los componentes de los núcleos espíritas que trabajaban en el caso, a fin de verificar la concordancia de las comunicaciones del mismo. Se trataba de un Espíritu con la apariencia periespiritual de un hombre de color pardo cargado, usando un pequeño bigote y sombrero de paja, grande, como el usado en las labores campestres; ropas pobres, oscuras, y dejaba transparentar el placer que sentía en mostrar a los médiums los dos brazos sin las manos, pues estas habían sido cortadas. Nada conmovió a esa entidad infeliz, cuyo endurecimiento fue penoso y pavoroso para cuantos se interesaron por ella. No obstante, jamás perjudicó a ninguno de nosotros.
 Después de comparecer a varias sesiones en todos aquellos núcleos de trabajos espíritas, se despidió afirmando que no volvería más, y entonces dijo lo siguiente, usando expresiones casi totalmente idénticas:
 –¡Ustedes son unos necios y yo los desprecio! ¿No comprendieron aún que el Sr. Sacerdote J. es el más feliz de los mortales? Él posee ahora lo que siempre ambicionó, desde los tiempos pasados. Le hago creer que vive en cavernas de oro, de diamantes, de esmeraldas, de rubíes, y que todo le pertenece, como si fuese un Rajá de las “Mil y una Noches…” y lo obligo a cavar en el suelo para descubrir otras tantas cavernas… ¿Nos obligaba él en otra época a realizar trabajos forzados para encontrar oro, siempre oro? Ahora él es mío, me pertenece como antes yo le pertenecí, lo compré con mi vida, que fue despedazada por él… Tengo poderes sobre él y de él haré lo que quiera. ¿No ven ustedes estos brazos con las manos cortadas? Fue él quien me las mandó cortar con un machete. No odié al verdugo que me las cortó, porque era un esclavo como yo y tuvo que obedecer las órdenes recibidas. ¡Yo fui esclavo de él, sí! Yo era el paje de confianza de la familia. Un día desapareció del cofre de la Hacienda una cantidad importante de dinero. ¿Quién la habría robado? Yo, por lo menos, nunca lo supe. Pero él me acusó y yo era inocente. Y como yo no confesaba, mandó cortarme las manos para que yo no volviese a robar.
 Desesperado de dolor y de vergüenza, me suicidé, lanzándome a un dique.
Pero nunca más lo abandoné. ¿Ya oyeron ustedes hablar de la Inquisición?
¡Pues eso era Inquisición! Y entonces, él era el inquisidor de todos nosotros, los esclavos. ¡Yo soy su sombra desde aquellos viejos tiempos! Cuando él murió, poco después, al encontrarme en su camino sintió tanto miedo de mi presencia que deseó regresar deprisa a la Tierra y dedicarse a la religión, como defensa. Pero no le sirvió de nada: ¡Yo no quiero que él sea religioso, quiero que sea rico! Él quería oro, oro y oro, y por eso sacrificaba a los esclavos en la impiedad de la azada y del látigo. Pues ahí está el oro,   ahora él lo tiene…
 – ¿Acaso no crees en Dios, mi hermano, y por ventura, no temes entonces a las consecuencias de tal odio para ti mismo, cuando las leyes divinas mandan a perdonar las ofensas y amar al prójimo? ¿No tienes   corazón? ¿No sabes que el Sacerdote P. era el apoyo de su anciana madre y de su hermana soltera? Entonces, ¿no deseas la felicidad para ti mismo, conquistándola con el sacrificio de tu deseo de venganza? ¡Experimenta con el perdón por amor de Dios y verás como todo se transformará a tu alrededor… –aconsejó el director de los trabajos, en el Centro Espírita de Lavras, Sr. A. P.
 – Usted está equivocado, yo no preciso ni quiero transformaciones en mi modo de existir, y no me siento desgraciado. ¿Qué tengo yo que ver con la madre de él? ¿Acaso él se condolió de la mía, al obligarla a trabajar con la azada, cuando era anciana y estaba exhausta por los sufrimientos?
¿Por qué he de perdonar? Fui educado por él, y el Dios que él me dio a conocer no es ese al que usted se refiere, es el odio y el crimen, ¿Acaso él poseía corazón para enseñarme a poseerlo? ¿Y cómo lo he de amar si con él solamente aprendí a odiar?...
 Y, en efecto, a partir de esa fecha nunca más apareció en nuestra agrupación y tampoco en las demás.
Mientras tanto, el infeliz obseso, ante la imposibilidad de obtener una azada en el manicomio, cavaba el suelo con sus propias uñas, cavaba bajo las lajas del patio y hasta en los azulejos de la celda, hasta que los   dedos le sangraban y se deformaban, y sólo se calmaba cuando le ofrecían montones de piedras, en las cuales suponía ver tesoros de piedras preciosas. Frecuentemente estaba desnudo o andrajoso cual mendigo, pues destrozaba sus propias ropas, y tomaba sus alimentos directamente del plato, que debía ser de hojas, para que no se quebrase diariamente.
Semejante infierno, como antes expresábamos, tuvo una duración de catorce años, durante los cuales no reconoció ni siquiera a su propia madre, que lo visitaba bañada en lágrimas, ni a un solo amigo, de tan   modificada que quedó su personalidad.
 No obstante, es posible que la versión del obsesor, para disculparse, estuviese falseada. Los Guías Espirituales nada esclarecieron sobre el asunto y a nosotros nos correspondía la discreción ante el silencio de ellos. Entidades obsesoras, como las que acabamos de presentar, son por lo común hipócritas y mentirosas, dramáticas, teatrales, sensibleras, creando a veces leyendas terribles donde siempre figuran como víctimas.
 Nunca se humillan a reconocer que también erraron. El experimentador prudente debe estar siempre prevenido contra sus narraciones, no aceptando nada ciegamente. Por su parte, los instructores espirituales son discretos y no siempre desmenuzan el doloroso pasado de aquellos personajes –obsesores y obsesos– sino a través de obras literarias instructivas, para dar ejemplo a la colectividad, y conviene no osar interrogarlos sobre tales asuntos, a fin de que no incurramos en indisciplina, dando margen al advenimiento de la mistificación. Por lo demás, enseñan los dispositivos de la fraternidad para que procuremos socorrer a los que sufren y auxiliar a los que yerran, para que se rehabiliten, sin la curiosidad de penetrar en su pasado. Éste vendrá a su tiempo, en las obras espíritas, como instrucción y ejemplo para nuestra propia reeducación. Así, pues, el obsesor del Reverendísimo Sacerdote J., podría haber falseado la verdad al narrar el drama pavoroso de su pasado. Pero quien estuviese debidamente informado sobre la barbarie de los tiempos de la esclavitud en Brasil –detalle de la propia Inquisición– no pensará que se trata de una invención, pues la narrativa era hecha con acento vehemente de amargura en todas las agrupaciones espíritas que se interesaban por el caso. Y la verdad era que, por todas partes en las que se presentaba, los médiums  videntes le observaban los brazos con las manos cortadas.”
 Continuará... .

                                                     ******************************


                                             
                                                      FIDELIDAD



                     

Fidelidad tiene que ver con todo lo que signifique lealtad, confianza, fe, estamos hablando al mismo tiempo de compromiso, de obligación, de someternos al cumplimiento de aquello que por propia voluntad hemos aceptado.
La fidelidad es propia de las personas nobles, de aquellos que tienen un control sobre su voluntad y saben cumplir con los compromisos adquiridos, sin importarles el esfuerzo que deben realizar para tal fin, o los sacrificios que tengan que hacer. Una promesa hecha a un amigo, una palabra dada en un negocio, un ofrecimiento de ayuda a quien quiera que sea es lo suficientemente transcendente para no olvidarlo y mantenerse fiel, aun pese a las dificultades para no errar o fallar ante dicho compromiso y cumplirlo.
No nos comprometemos por aquello que carece de valor, sino que damos nuestra palabra o hacemos algún tipo de voto por algo que consideramos importante. Si tenemos un amigo al que nos une una gran amistad somos capaces de adquirir compromisos serios con él porque tenemos confianza en su persona, conocemos su valía, estamos seguros de lo que él haría por nosotros y en esa misma medida también hacemos lo mismo por él, es por ello que cuando se contrae un compromiso, una responsabilidad hemos de saber cumplirla. De esa forma, entre amigos por ejemplo se va ampliando y robusteciendo la confianza mutua y creando vínculos cada vez de mayor rango.
El grado de lealtad que sepamos demostrar marcará sin duda el concepto que se formen de nosotros todos aquellos con quienes nos relacionemos. Depende de nosotros el que nuestros amigos, familiares o conocidos nos tengan una mayor o menor confianza, respeto o estima y el que cuenten con nosotros para llevar algo a cabo.
Mantenerse fiel a una idea o principios supone un gran esfuerzo, hemos mantenernos sólidos y razonables y dejar de obrar por impulsos o por lo primero que nos venga a la cabeza, nos debemos a una causa y puesto que formamos parte de algo hemos de ser consecuentes con ello y luchar por responder al compromiso que supone la aceptación de una idea.
No valen las excusas o justificaciones en este terreno, no vale el “donde dije digo, digo Diego”, no, precisamente fidelidad implica superar las barreras u obstáculos que puedan surgir para cumplir los compromisos asumidos. Es preciso tener autoestima, respetarse, voluntad y honestidad para mantenerse firme ante la palabra dada. Si todo nos da igual, si no tenemos una meta trazada, algo por lo que luchar, cualquier impedimento que nos asalte bastará para dar marcha atrás y no cumplir el compromiso. Esto sólo va en detrimento de nosotros mismos.
Sin embargo si nos importa no el quedar bien únicamente, sino nuestra valía personal, si nos importan nuestros propios valores, haremos lo imposible para alcanzar el logro de nuestros objetivos. La fidelidad es algo que arranca de lo más profundo de nuestro ser espiritual, es en muchas ocasiones algo que no se puede explicar exactamente con palabras pero que tiene que ver con la fe en Dios y con la capacidad de renuncia y sacrifico en aras de una causa justa y noble.
Lealtad, fidelidad, confianza y todos sus derivados son un sentimiento espiritual que moviliza todas nuestras energías y que difícilmente pueden entender todos aquellos que sólo persiguen en sus vidas proyectos materiales, que no confían más que en sí mismos y que sólo ven a su alrededor adversarios o enemigos. Los egoístas, los ambiciosos, los envidiosos, los que no creen en nada, no pueden ser leales. Si hacen algo es por su bien, porque persiguen su propia satisfacción. En estos no se puede confiar plenamente. Para ser fiel o leal hace falta creer en algo, sentirse comprometido con un ideal, o estar imbuido de un sentimiento de que estamos aquí por y para algo y de que nos debemos hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes el mayor respeto y consideración, para que no seamos capaces de faltar a nuestra esencia espiritual que es lo que nos da la fuerza y la vida.
Por medio de la fidelidad se forjan los vínculos más fuertes y solidarios entre todos aquellos que participan de un mismo proyecto, pues llega un momento en que se ponen a prueba nuestras cualidades o verdaderas intenciones a través de situaciones inesperadas, es entonces cuando demostramos si nuestra fe es fuerte y estamos dispuestos a seguir adelante, aun a pesar de renunciar a algo o tener que hacer un nuevo esfuerzo. La fidelidad une por medio del amor y de la entrega que se ofrece de uno mismo a los demás. Sin embargo cuando las personas se unen por intereses particulares se crean cadenas con las cuales los más fuertes dominan a los más débiles. Es la diferencia entre la unión espiritual por medio de la lealtad y el estar dispuesto a cumplir con los compromisos y obligaciones que a cada cual le toca, y la unión material que permanecerá mientras exista la posibilidad del beneficio particular y egoísta.
Para poder ser fieles o leales a algo, como estamos viendo, es necesario sentirse parte de un todo, una pieza dentro de una gran maquinaria, y como tal aceptar que es más importante ese todo que el “yo” de cada individuo. Es entonces cuando de forma natural y espontánea comprendemos y aceptamos que nos debemos a ese todo con todas nuestras fuerzas. Expresándolo como lo hizo un gran maestro espiritual, con toda nuestra mente, con toda nuestra alma y con todo el corazón.
Si estamos inmersos en una actividad en la que participamos junto a otras personas y además ésta es de naturaleza espiritual, tenemos que aprender a dejar a un lado nuestro yo humano, y comenzar a poner en práctica la virtud de saber confiar en los demás, poniendo como premisa que en nosotros es en quien primero se puede confiar por la lealtad que demostramos.
Fermín Hernández Hernández

© 1998 Amor, paz y caridad
                            *****************



No hay comentarios:

Publicar un comentario