viernes, 20 de mayo de 2016

Parte de una entrevista al Profesor Vicent Guillem


LA FE DIVINA Y LA FE HUMANA




   La fe, para ser provechosa, debe ser activa; no se debe entorpecer. Madre de todas las virtudes que conducen a Dios, debe velar con atención el desarrollo de las hijas que nacen de ella.

   La esperanza y la caridad son una consecuencia de la fe; estas tres virtudes son una trinidad inseparable. ¿No es acaso la fe,la que da la esperanza de que se verán cumplidas las promesas del Señor? Porque si no tenéis fe, ¿qué esperaréis? ¿No es la fe la que da el amor? Porque si no tenéis fe, ¿qué reconocimiento tendréis y, por consiguiente, qué amor?

    Divina inspiración de Dios, despierta la fe todos los nobles instintos que conducen al hombre al bien; es la base de la regeneración. Es necesario que esta base sea fuerte y duradera,porque si la menor duda la hace vacilar, ¿qué será del edificio que construyáis encima? Levantad, pues, este edificio sobre cimientos sólidos; que vuestra fe sea más fuerte que los sofismas y las burlas de los incrédulos, porque la fe que no enfrenta al ridículo de los hombres, no es la verdadera fe.

    La fe sincera es arrebatadora y contagiosa; se comunica a los que no la tenían, y aun a los que no querían tenerla; encuentra palabras persuasivas que van al alma, mientras que la fe aparente sólo tiene palabras sonoras que dejan frío e indiferencia; predicad con el ejemplo de vuestra fe para dar con ella a los hombres;
predicad con el ejemplo de vuestras obras para hacerles ver el mérito de la fe; predicad con vuestra esperanza indestructible para hacerles ver la confianza que fortifica y lleva a enfrentar todas las vicisitudes
de la vida.

 Tened, pues, fe en todo lo que ella tiene de bueno y hermoso,en su pureza y en su racionalidad. No admitáis la fe sin control, hija ciega de la ceguera. Amad a Dios, pero sabed porque lo amáis;creed en sus promesas, pero sabed porque creéis en ellas; seguid nuestros consejos, pero enteraos del fin que os mostramos y de los medios que os traemos para alcanzarlo. Creed y esperad sin desfallecer nunca: los milagros son obra de la fe. (JOSÉ, ESPÍRITU PROTECTOR, Bordeaux, 1862).

 LA FE DIVINA Y LA FE HUMANA

  La fe, en el hombre, es el sentimiento innato de su destino futuro; es la conciencia que tiene de sus facultades inmensas, cuyo germen fue depositado en él, primero en estado latente, y que debe hacer germinar y crecer por su voluntad activa.

  Hasta el presente la fe no ha sido comprendida sino bajo el aspecto religioso, porque Cristo la preconizó como palanca poderosa, y porque no se vio en él sino al jefe de una religión. Pero Cristo, que realizó verdaderos milagros, mostró, por estos mismos milagros, lo que puede el hombre cuando tiene fe, es decir, la voluntad de querer, y la certeza que esta voluntad puede cumplirse.

Los apóstoles, a su ejemplo, ¿no hicieron también milagros? Pues,¿qué eran estos milagros sino efectos naturales cuya causa era desconocida a los hombres de entonces, pero que en gran parte se explican hoy y se comprenderán completamente por el estudio del Espiritismo y del Magnetismo?

 La fe es humana o divina, según como el hombre aplica sus facultades a las necesidades terrestres o a sus aspiraciones celestes y futuras. El hombre de genio que persigue la realización de alguna gran empresa, triunfa si tiene fe, porque siente en él que debe y puede realizarlo, y esta certeza le da una fuerza inmensa. El hombre de bien que creyendo en su futuro celeste quiere llenar su vida de nobles y bellas acciones, saca de la fe, en la certeza de la felicidad que le espera, la fuerza necesaria, también con esto se realizan los milagros de la caridad, de la devoción y de la abnegación. En fin,con la fe no hay malas inclinaciones que no lleguen a vencerse.

    El magnetismo es una de las más grandes pruebas del poder de la fe puesta en acción: por la fe cura y produce esos fenómenos extraños que en otro tiempo se calificaban de milagros.

   Lo repito: la fe es humana y divina; si todos los encarnados estuviesen bien persuadidos de la fuerza que tienen en sí, si quisiesen poner su voluntad al servicio de esta fuerza, serían capaces de realizar lo que hasta el presente se han llamado prodigios, y que sólo son un desarrollo de las facultades humanas. (UN ESPÍRITU PROTECTOR, París, 1863)


Tomado de El Evangelio Según el Espíritismo

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¿Dios podría haber creado perfectos a los Espíritus?
Orson Peter Carrara 

El proceso evolutivo trae méritos propios 

Es una pregunta siempre presentada. ¿Con la creación de espíritus perfectos, Dios nos ahorraría a los propios hijos del mal, del sufrimiento, y de todas sus consecuencias?

Claro que Dios lo podría haber hecho. Él es todo-poderoso (1) y si no lo hizo es porque juzgó útil que fuese de forma diferente. El asunto es arrebatador y propicia sanas discusiones para su entendimiento, pues profundiza la cuestión de Dios y su magnifica obra. Al final, estamos todos en este “barco” de la evolución, envueltos ahora en situaciones complejas, ahora cautivados con las perspectivas del progreso fatal para todos y muchas veces envueltos con los desafíos y obstáculos, que en el fondo son verdaderas alabanzas del perfeccionamiento, que nos hacen crecer y progresar.

En la Revista Espírita (2), en su edición de marzo de 1864 (3), el Codificador Allan Kardec presenta el texto La Perfección de los Seres Creados y da bien fundamentadas argumentaciones sobre el tema. Acompañemos su razonamiento, después un importante párrafo en que aborda la grandeza de Dios y sus perfecciones y que sugerimos al lector consultar; aquí transcribimos parcialmente a partir del tercer párrafo:

“(...) Siendo Dios todo sabiduría y todo bondad, no podría haber creado el mal como contra peso del bien; si hubiese hecho del mal una ley necesaria, habría voluntariamente debilitado el poder del bien, porque aquello que es mal no puede sino alterar y no fortalecer lo que es el bien.

Él estableció leyes que son enteramente justas y buenas; el hombre sería perfectamente feliz si las observase escrupulosamente; pero la menor infracción a esas leyes causa una perturbación cuyo contragolpe experimenta; de ahí todas sus vicisitudes; es, él mismo, la causa del mal por su desobediencia a las leyes de Dios. Dios lo creó libre para escoger su camino. El que tomó el mal camino lo hizo por su voluntad y no puede acusar  sino a mismo por las consecuencias de ahí derivadas. (…)”


Origen del mal

Analizando bien la trascripción de arriba, nos deparamos con la fantástica y lógica afirmación de que Dios no podría haber creado el mal; este es fruto de la acción libre del ser. Y la acción genera frutos, que pueden ser buenos o malos, de acuerdo con la cualidad de la acción. Observemos la grandeza de la trascripción siguiente: “(…)
 Creados simples e ignorantes, por eso imperfectos, o mejor incompletos, deben adquirir, por sí mismos y por su propia actividad, la ciencia y la experiencia que de inicio no pueden tener.

Si Dios los hubiese creado perfectos, debería haberlos dotado, desde el instante de su creación, con la universalidad de los conocimientos; los habría dispensado de todo trabajo intelectual; pero, al mismo tiempo, les habría quitado toda actividad que deben desenvolver para adquirir, y por la cual concurren, como encarnados y desencarnados, al perfeccionamiento material de los mundos, trabajo que no incumbe más a los espíritus superiores encargados solamente de dirigir el perfeccionamiento moral. Por su inferioridad se vuelven un engranaje esencial a la obra general de la creación (…)”.

¿Y la justicia?

Todo ese proceso crea los méritos por la adquisición de las condiciones morales mejores y superiores; y Dios, fatalmente, no puede estar engañado. Sus leyes fueron establecidas sobre principios claros de justicia y bondad.

Como aún no tenemos la comprensión completa de este planeamiento, nos cabe el deber – ya que estamos incluidos en el proceso colectivo – de estudiar para comprender. Si no podemos sondear las causas, podemos estudiar los efectos y notar que todo está regido por sabias leyes, conducidas por la grandeza y bondad de un Padre amoroso y que desea el progreso de su hijos para merecer la felicidad a ellos destinada.





          
       Desvelando el significado de la felicidad

Ser feliz es una ambición genuinamente humana. De cierta manera, pasamos buena parte de nuestras existencias en busca de la felicidad. Conforme pondera el psicólogo Martin Y.P. Seligman, “Más palabras fueron escritas para definir la felicidad de lo que prácticamente cualquier otra cuestión filosófica”. De hecho, en una rápida búsqueda en el Google encontramos más de 24 millones de citas para el término felicidad y 157 millones para su similar en inglés, es decir, happiness.

A pesar de eso, felicidad es un concepto aún apenas comprendido. A fin de cuentas, las personas aún le atribuyen determinados estados, características y descripciones que no le caben o restringen su significado. En consonancia con otro destacado psicólogo, Michael Argyle (1995-2002), las personas generalmente describen la felicidad en términos de contentamiento, satisfacción, paz mental, sentimiento de realización, deleite, alegría, entre otras cosas.
 Estableciendo más claramente sus fronteras conceptuales, Seligman considera que lo importante es saber distinguir una felicidad momentánea de una constante. Siendo así la momentánea puede ser fácilmente aumentada por el usufructo de experiencias (gozos) pasajeras y/o fugaces tales como ir al cine, teatro, centro comercial, saborear un chocolate, recibir una promoción, aumento de salario etc. Pero elevar la constante de felicidad es algo que el aumento del número de episodios de sentimientos positivos momentáneos no logrará. Tal vez sea por esa razón que el concepto de felicidad viene sufriendo incontables interpretaciones al largo de la historia.
A propósito, el médium Divaldo P. Franco hace esclarecedoras consideraciones sobre el tema. Reculando el tiempo, él declara que fue en Grecia que el concepto de hedonismo – aún extremadamente relevante en los tiempos actuales – floreció como una filosofía que abarcaba “el placer y la belleza como bienes supremos de la vida humana”.
 Algunos de los representantes más eminentes de esa escuela de pensamiento fueron Aristipo de Cirene (435-366 a.C.) y Epicuro de Samos (341-270 a.C.).

El pensamiento hedonista en la actualidad - Así, “Mientras el primero decía que el placer es un bien en sí, pudiendo ser usado intensamente, el segundo determinaba la moderación del placer, en el objetivo de que se pudiera llegar a la verdadera felicidad. “Las dos doctrinas fueron confundidas a lo largo de los siglos, y lo que perduró para la historia fue la noción hedonista de Aristipo, que predicaba la búsqueda desenfrenada por los placeres sensoriales, como comer, beber, dormir y practicar sexo, sin cualquier evaluación de carácter moral”.
No hay dificultad de percibirse que el pensamiento hedonista influencia fuertemente el modo de vida de considerable cuota de la humanidad presentemente encarnada. Basta ver, por ejemplo, la drogadicción, el alcoholismo y la sexolatria que dominan especialmente las mentes infanto-juveniles. Pero en flagrante contraste con los pensadores citados, Sócrates (469-399 a.C.):
“[...] su tiempo ya decía que la felicidad es independiente del haber, del no haber, del enfrentar el dolor. La verdadera felicidad es el ser. Pero, para ser, son indispensables tres factores: el pensamiento recto, la conducta recta y las palabras saludables”.
Divaldo cita también al notable pensador cínico, Diógenes de Sínope (412-323 a.C.) que vivió como un mendigo y, como tal, despreciaba a los poderosos y las convenciones sociales. Su filosofía condenaba vehementemente el placer, el deseo y la lujuria.7 También siempre nos fascinaron las ideas de otro filósofo que, de hecho, ejerce gran influencia en el pensamiento académico contemporáneo, es decir, Aristóteles (384-322 a.C.), discípulo de Platón. Aristóteles desarrolló el concepto de eudaimonia, o sea, en el griego la palabra ‘‘yo’’ evoca la idea de bien o bienestar y ‘daemon”, Espíritu.
Y aquí hay un claro avance en el asunto, pues, como observa el académico Eduardo Wills, el eudaimonismo considera el bienestar como más importante que la felicidad hedónica porque tiene que ver con la realización de los potenciales humanos.

La felicidad y su relación con la vida virtuosa - Para él, la visión aristotélica interpreta la felicidad como parte de una comprensión virtuosa o ética de la vida. Pero, a fin de cuentas, lo que guía la acción humana es precisamente la búsqueda por la felicidad. El pensamiento aristotélico aboga también que para descubrir el verdadero significado de la felicidad es vital examinar inicialmente la naturaleza humana (Espíritu) en toda su complejidad.
Dentro de esa perspectiva, se tiene cómo correcto que el ejercicio de las facultades humanas en toda su condición de excelencia conducirá a la felicidad, y constituyendo tal búsqueda un compromiso de vida. Para Wills, “De esa forma, la búsqueda de la felicidad tendrá implicaciones prácticas en términos de vivir una vida virtuosa”. En esa concepción, la felicidad es producto de la manera como utilizamos nuestras habilidades. De hecho, conocidos personajes de la actualidad conectados a ciertos escándalos financieros y políticos, por ejemplo, comprometieron irremediablemente sus niveles de felicidad al no adoptar una conducta virtuosa. A fin de cuentas, hoy sus nombres están claramente identificados como malhechores o transgresores de la ley.  Por fin, es muy auspicioso que un científico con la envergadura de Wills proponga que la satisfacción con la espiritualidad contribuirá para la obtención de elevados niveles de satisfacción con la vida como parte de la visión eudaimônica de felicidad.10
Sin embargo, al examinar las diferencias de la felicidad, Michael Argyle sugirió que “Felicidad puede ser entendida como una reflexión sobre la satisfacción con la vida, o como la frecuencia e intensidad de emociones positivas”. En efecto, hay sustanciales evidencias empíricas de que las emociones positivas crean un escudo contra los “estragos del envejecimiento”, conforme atesta Seligman. Por otro lado, estudiosos de la felicidad han argumentado que las personas y las naciones son más o menos felices teniéndose en consideración algunos sentimientos positivos relacionados a las dimensiones: relaciones sociales, trabajo y desempleo, ocio, dinero, clase, cultura, personalidad, alegría, satisfacción con la vida, edad, sexo, salud, progreso y así por delante.

Lo que hace una vida digna - Basado en eso, Argyle afirmó que las condiciones generales de vida impactan la felicidad. Entonces felicidad es un concepto multidimensional. Dicho de otra forma: es resultante de varias causas. En el mundo hodierno, como sabemos, los haberes monetarios tienen un papel preponderante en la vida de las personas, pero no son necesariamente sinónimos de felicidad. En consonancia con Seligman, “Más que el propio dinero, lo que influencia la felicidad es la importancia que usted da a el [...]”.
 ¿Pero qué hace una vida digna? Según investigaciones desarrolladas por el Instituto Gallup en escala mundial es necesario satisfacer cinco elementos esenciales, a saber: bienestar de la carrera, social, financiero, físico y comunitario.
En la actualidad existen incluso rankings de felicidad de las naciones. Por ejemplo, el Happy Planet Index que mide la expectativa de vida, bienestar y aspectos ecológicos. Aunque ellos sirvan de parámetro, son imperfectos porque cada uno usa determinado conjunto de variables o criterios específicos de medicación que acaban llevando, de cierto modo, al subjetivismo. Además, se nota en el pensamiento y en la medicación contemporánea de felicidad que hay una clara inclinación/bies para “el tener” en detrimento del “ser”. Puesto esto, ¿que puede ofrecernos la religión acerca de felicidad en un mundo donde hay tanta infelicidad? Seligman argumenta que: “La relación entre esperanza en el futuro y fe religiosa es probablemente la piedra angular del motivo por el cual la fe ahuyenta la desesperación y aumenta la felicidad [...]”
 Si las religiones contribuyeran con sólo esa percepción ya estarían haciendo un trabajo ciertamente apreciable.
Pero encapsulando toda la complejidad de la vida en la dimensión material, el Espíritu Joanna de Ângelis va mucho más lejos al afirmar que: “[...] no se puede disfrutar de felicidad plena durante la vida carnal, sin embargo, por medio de los actos morales cada persona puede atenuar las aflicciones que transcurren de las experiencias infelices originadas en sus existencias pasadas”. O como sintetizó sabiamente Allan Kardec, “La felicidad no es de este mundo”.

La propuesta de Sócrates y la propuesta espírita - Por su parte, Divaldo P. Franco nos recuerda que: “El Espiritismo considera la felicidad a través de la propuesta de Sócrates y de Jesús. Sócrates dice que más importante que el tener es ser. La felicidad del punto de vista socrático es la derivación de pensamientos correctos, de actos equilibrados y de corazones pacificados. Solamente tiene un corazón pacificado quien actúa correctamente, y solamente actúa con equilibrio aquel que piensa bien”.  
Esa propuesta fue completamente absorbida por el Cristianismo naciente, y Jesús demostró a lo largo de su corta vida – pero con la más absoluta coherencia, dígase – que más importante que los valores externos es la condición de paz conquistada por la criatura humana. Así pues, el Espiritismo, explica Divaldo, defiende que la verdadera felicidad resulta de una conciencia tranquila, consecuencia natural, de hecho, de un individuo que posee un carácter recto y se guía por una conducta correcta.
El respetable médium ofrece explicaciones sensatas sobre el tema ahora en aprecio y que merecen nuestra reflexión – o sea:  
“¿Por qué la felicidad no es de este mundo? Porque vivimos en un mundo relativo, y la felicidad sería una conquista permanente. Desde que vivimos en lo relativo, vivimos en lo inestable. La felicidad debe ser estable.
“¿Pero por qué entonces hay esa relatividad? Porque nosotros confundimos placer con felicidad [...]”
En ese sentido, Joanna de Ângelis nos informa que “Solamente en la conquista de los valores eternos es que el ser adquiere bienes que si no transfieren de manos y armonía que nada vence”. Divaldo, a su turno, esclarece que Jesús en su misión de despertarnos para lo cierto nos informó que su reino no era de este mundo. Y tal afirmación debe ser interpretada como “[...] Equivalente a decir que la felicidad es el reino de Dios.

La felicidad plena espera por nosotros - Pero, si el Reino de Dios no es de este mundo, hay una sutileza: él no es de este mundo, pero comienza en este mundo.  ¿Acaso iremos a colocar los pilares de la felicidad, establecer las bases éticas y morales de nuestra propia existencia [...]”?

Sin embargo, “[...] Para ir a ese mundo trascendental, estamos en la Tierra preparando los escalones del ascenso a través de nuestra vida moral”.  Él también observa con acierto que: “Jesús vino a diseñarnos la felicidad real, el bien. Si deseamos la felicidad, amemos, pero amemos de tal forma como si fuera a nosotros mismos, con el amor propio que mucha gente no tiene [...]”. 

Por eso, la verdadera felicidad es aquella que proporciona paz interior porque es erigida sobre leyes universales. Esta no depende de ningún bien material o placer fugaz. Para concluir, Kardec nos da explicaciones interesantes acerca del significado trascendente de la felicidad sobre las cuales deberíamos meditar:
“La suprema felicidad consiste en el gozo de todos los esplendores de la creación, que ningún lenguaje humano jamás podría describir, que la imaginación más fecunda no podría concebir. Consiste también en la penetración de todas las cosas, en la ausencia de sufrimientos físicos y morales, en una satisfacción íntima, en una serenidad del alma imperturbable, en el amor que envuelve a todos los seres, a causa de la ausencia de fricción por el contacto de los malos, y, por encima de todo, en la contemplación de Dios y en la comprensión de sus misterios revelados a los más dignos. La felicidad también existe en las tareas cuyo gravamen nos hace felices. Los puros Espíritus son los Mesías o mensajeros de Dios por la transmisión y ejecución de sus voluntades. Comprende las grandes misiones, presiden a la formación de los mundos y a la armonía general del Universo, tarea gloriosa a que se llega sino por la perfección. Los de la orden más elevada son los únicos que poseen los secretos de Dios, inspirándose en su pensamiento, de que son directos representantes”. 
Esa felicidad plena espera por nosotros, pero trabajemos por merecerla.

(Aportación de Isabel Porras)
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Parte de una entrevista al Profesor Vincent Guillem
 


¿ QUÉ ES UN VIAJE ASTRAL ? 
* Es una separación temporal del cuerpo.

- ¿Qué es lo que se separa exactamente?
* Se separa el espíritu del cuerpo físico que, sólo es un revestimiento que se utiliza para poder actuar en el mundo físico. Sin embargo, esta separación es solo temporal y siempre existe un nexo entre los dos que nunca se rompe y que permite la vuelta al cuerpo físico sin que haya ningún tipo de problema de salud. Es el llamado
cordón de plata.

- ¿Qué es el cordón de plata?

* Es el nexo de unión entre el cuerpo astral y físico, como un cordón umbilical que permite aportar al cuerpo físico la energía vital que necesita para continuar con vida en ausencia del cuerpo astral. Los clarividentes suelen describir este "cordón" como una especie de hilo muy elástico de tono plateado, extensible hasta el punto de que por mucho que se separe el cuerpo astral del cuerpo físico, el cordón siempre da de sí lo necesario, es decir, se alarga hasta grandes distancias cuando el espíritu se separa y viaja lejos del cuerpo físico.
- ¿Y dónde va el espíritu cuando se separa del cuerpo?
* Donde su pensamiento le lleva, al mundo astral, y ese es un viaje natural que responde a una dinámica necesaria en el desarrollo humano. Esas visitas nocturnas procuran a la persona energías y experiencias que le
ayudan más tarde en su vida física, puesto que allí es asistido por 
entidades espirituales más avanzadas que le aconsejan y guían.

Vicent Guillem.

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