lunes, 19 de junio de 2017

Deseo y Placer





Publicaciones de hoy:

- Deseo y placer
-Almas gemelas
-Los dogmas, los sacramentos, el culto.




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Nunca te omitas ante la tarea de ayudar. No solamente con el dinero, la posición social relevante y el poder dispone de recursos para ayudar. La palabra gentil es generadora de estímulos y valores que logran resultados preciosos. 
El verbo ha levantado civilizaciones, como llevado a multitudes a la guerra, a la destrucción. 
Usa la palabra para socorrer, estimulando a las personas caídas a levantarse, los que duermen a despertar, los equivocados a corregirse, los agresivos a calmarse. 
Habla con elevación y bondad, tornándote micrófono fiel a servicio del bien. 

Vida Feliz. Por el Espíritu Joanna de Ângelis, médium Divaldo Pereira Franco

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                                            DESEO Y PLACER. 

El deseo, que lleva al placer, puede originarse en el instinto, en forma de necesidad violenta e insospechable, tornándose un impulso que se sobrepone a la razón, predominando en la naturaleza humana, cuando aun primitiva en su forma de expresión. En ese caso, se torna imperioso, devorador e incesante. 

Sin el control de la razón, desarticula los equipamientos delicados de la emoción y conduce al desajuste de comportamiento. Como la sed implacable, no se sacia, porque es devoradora, manteniéndose al nivel de sensación periférica en el área de los sentimientos que no se dejan del todo dominar. Es voraz y tormentoso, especialmente en el área genésica, expresándose como erotismo, búsqueda sexual para el gozo. En esfera más elevada, se torna sentimiento, gracias a la conquista de algún ideal, alguna aspiración, ansiando por alcanzar metas agradables y desafiadoras, propenso a la realización ennoblecedora. 

Se dirá que las dos formas se confunden en una única, lo que, para nosotros, tiene sentido diferente, cuando examinamos la función sexual y el deseo de lo bello, de lo noble, de lo armonioso, en comparación a aquel de naturaleza orgánica, erótica, de compensación inmediata hasta nueva y tormentosa búsqueda. El deseo se impone como fenómeno biológico, ético y estético, necesitando ser bien administrado en uno como en otro caso, a fin de tornarse motivación para el crecimiento psicológico y espiritual del ser humano. 

Es natural, por tanto, buscar el placer, ese deseo interior de conseguir el gozo, el bien estar, que se expresa después de la conquista de la meta. A su vez, el placer es incontrolable, así como no administrable por la criatura humana. Goethe afirmaba que el constituía una verdadera dádiva de Dios para todos los que se identifican con la vida y que se alegran con el esplendor y la belleza que ella revela. La vida, en consecuencia, lo retribuye a través del amor y de la gracia. 

El placer se presenta bajo varios aspectos: orgánico, emocional, intelectual, espiritual, siendo, ahora físico, material, y en otros momentos de naturaleza abstracta, estético, efímero o duradero, pero que debe ser registrado fuertemente en el psiquismo, para que la existencia humana exprese su significado. El placer depende, no es raro, de cómo sea considerado. Aquello que es bueno, genéricamente da placer, abriendo espacio para el miedo de la perdida, de las faltas, o para las situaciones en que puede generar daños, auxiliando en la caída del individuo en calabozos de aflicción. 
Muchas personas consideran el placer apenas como siendo expresión de lascivia, y se olvidan de aquel que transcurre de los ideales conquistados, de la belleza que se expande en toda parte y puede ser contemplada, de las inefables alegrías del sentimiento afectuoso, sin poseer, sin exigencia, sin el condicionamiento carnal. Por una herencia atávica, gran número de personas tienen miedo del placer, de la felicidad, por asociarlo al pecado, a la falta de merito, que se tornaría una deuda a rescatar, dando oportunidad a la desgracia venirle detrás, como siendo una tentación diabólica para retirar al alma del camino del bien. Tal castración punitiva, que se prolongo por muchos siglos, al ser vencida dejo una cierta consciencia de culpa, que liberada, viene conduciendo una verdadera legión de gozadores al desequilibrio, al abuso, al extremo de las aberraciones. 

     Como efecto secundario, aun existen muchas personas que temen el placer o que procuran disimularlo, envolviéndolo en ropajes variadas de disculpas, para calmar sus conflictos subyacentes. Acentuamos, pues, que el placer es una fuerza creadora, predominante en todo y en todos, responsable por la personalidad, incluso por la esperanza. Muchas veces, es confundido con el deseo de poseer todo, a fin de disfrutar, mas tarde de todos los gozos, preferentemente los de naturaleza sexual. 

     Wilhelm Reich, el eminente autor de la Bioenergética, centró, en el placer, todas las búsquedas y aspiraciones humanas, considerando que la persona es solamente su cuerpo, y que este es constituido por un sistema energético, que debe ser trabajado, siempre que la coraza bloquee la emociones, proponiendo como terapia la Teoría de los Anillos, a fin de, a través de su aplicación en las corazas correspondientes, poder liberar la emoción encarcelada. Teniendo, en el cuerpo solamente, la razón de ser de la vida, Reich se tornó apologista del placer carnal, sensual, capaz de llevar al estado de felicidad psicológica, emocional. 

     La naturaleza espiritual del ser humano, sin embargo, no mereció cualquier referencia de Reich, así como de otros estudiosos del comportamiento y de la criatura en sí misma, en su complejidad, quedando en plano secundario. De ese modo, el deseo y el placer se transforman en palancas que promueven al individuo, o, abismos que lo devoran. La esencia de la vida corporal, sin embargo, es la conquista de sí mismo, la lucha bien dirigida para que se consiga la victoria del Self, su armonía, y no apenas el gozo breve, que se transfiere de un nivel para el otro, siempre mas ansioso y perturbador. 

Espíritu Joanna de Angelis 
Médium Divaldo Pereira Franco 
Extraído del libro “Amor, Imbatíbel Amor” 


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                                            ALMAS GEMELAS



Las relaciones importantes son planeadas por las almas mucho antes de que los cuerpos se encuentren 

Cada persona que se cruza en nuestro camino a lo largo de la vida lleva consigo un propósito, nadie transita por nuestra vida por azar, algunas con mayor o menor impacto, pero todas ellas hacen posible parte de nuestras lecciones de vida. 

Quizás en el momento no logramos percatarnos de la importancia de alguien en nuestro desarrollo, pero con el tiempo todo va encajando perfectamente y nos damos cuenta de que como en un rompecabezas, una pieza puede estar totalmente en blanco, pero ser exactamente la necesaria para la unión del resto de las piezas. 


Todo lo que para nosotros no es demostrable, es un misterio, sin embargo existen muchas hipótesis en cuanto a nuestro tránsito por este plano, teniendo mucho sentido que las personas que juegan roles trascendentales en nuestras vidas, corresponden con almas con las que tenemos acuerdos previos a encarnar y que serán piezas claves en las acciones que debemos ejecutar y las lecciones que debemos aprender. 

Debido a esto, se dice que a pesar de no haber un destino escrito, las almas programan sus encuentros y muchas veces seleccionan sus nexos principales antes de llegar a este plano. Es por ello que siempre debemos bendecir cada una de nuestras relaciones, porque aunque no lo tengamos claro y pensemos que nacimos en la familia equivocada, o nos relacionamos con la pareja incorrecta, de acuerdo a esta teoría, esto dista mucho de la realidad. 


Cada persona nos aporta algo, de cada quien aprendemos algo o bien le aportamos o enseñamos algo a quienes se relacionan con nosotros. Todos jugamos en una especie de red donde cada pieza está interconectada y de no estar no podríamos quizás terminar nuestras misiones. 

Siempre se cruzará en nuestro camino esa persona que necesitamos en ese preciso momento, algunas personas serán para nosotros sinónimo de felicidad, mientras otras, nos opacarán nuestra sonrisa, pero lo importante es ser conscientes de esa persona está allí en ese momento porque la necesitamos, para aprender, para conocernos a través de ella, para dar, para recibir, para perdonar, para entender… Mientras más compasivos seamos con nosotros y los que nos rodean, más sencillas serán las lecciones de ver y aprender. 

Se dice que las almas unidas por el amor, generalmente terminan encontrándose en cada una de sus encarnaciones, sanando heridas, cerrando ciclos, aprendiendo y evolucionando juntas. Lo cual nos hace suponer que no hay manera de separarnos de nuestros afectos, que si están grabados en nuestra alma, formarán parte de nuestras vidas por toda la eternidad. 

Art. Enviado por Viviana Gianitelli  

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  LOS DOGMAS ,LOS SACRAMENTOS, EL  
                           CULTO 

       El pecado original es el dogma fundamental en que reposa todo el edificio de los dogmas 
cristianos - idea verdadera, en el fondo, mas falsa en su forma y desnaturalizada por la Iglesia - verdadera, en el sentido de que el hombre sufre con la intuición que conserva de las faltas cometidas en sus vidas anteriores, y por las consecuencias que acarrean para él. Ese sufrimiento, no 
obstante, es personal y merecido. Nadie es responsable por las faltas de otro, si en ellas no 
formó parte. Presentado en su aspecto dogmático, el pecado original, que pone a toda la 
posteridad de Adán, o sea, a la Humanidad entera, por la desobediencia de la primera pareja, para después salvarla por medio de una iniquidad todavía mayor - la inmolación de un justo - es un
 ultraje a la razón y a la moral, consideradas en sus principios esenciales - la bondad y la 
Justicia. Mas contribuyó para alejar al hombre de la creencia en Dios, que todas las agresiones
 y todas las críticas de la Filosofía. 
     No es, en efecto, impunemente que se intenta separar, en el pensamiento y en la 
conciencia,la idea del Dios de la de justicia. Con eso, lo que se logra es lanzar la perturbación en las almas y provocar un trabajo mental que conduce, forzosamente, a la exclusión de una de esas
 dos ideas. Ahora, fue la idea de Dios la que estuvo casi por perecer, porque el hombre no 
puede ver en Dios sino la más alta personificación de la justicia, del amor y de la sabiduría. 
Todas las perfecciones deben encontrarse reunidas en el Ser eterno. 
      De su pasado criminal perdió el hombre el recuerdo preciso, pero conservó un vago 
sentimiento. De ahí provino esa concepción del pecado original, que se encuentra en muchas 
religiones, y de la expiación que el mismo requiere. De esa concepción errónea derivan las de
 la caída, del pago y de la redención por la sangre de Cristo, los misterios de la encarnación, 
de la virgen-madre, de la inmaculada concepción, en una palabra, todo el conjunto del 
Catolicismo (69). 
      Todos esos dogmas constituyen una verdadera negación de la razón y de la justicia divina
, si los tomamos al pié de la letra, como lo quiere la Iglesia, y en su sentido material. 

(69) "La caída de la humanidad en Adán - dice el abad de Noirlieu en su "Catecismo filosófico 
para uso de los seculares" - y su reparación en Jesús-Cristo, son los dos grandes hechos sobre
 los que reposa el Cristianismo. Sin el dogma del pecado original no se concibe  la necesidad 
de un Redentor. Por eso nada es enseñado mas explícitamente por la Iglesia que la caída de
 Adán y sus funestas consecuencias, para todos sus descendientes".  
      No es admisible que hubiese Dios creado al hombre y a la mujer con la condición de que no
 se instruyeran.   Menos admisible, todavía, es que  haya, por una sola desobediencia,
 condenado a sus descendientes y a la Humanidad entera a la muerte y al infierno. 
      «Qué pensar, dice y con razón E. Bellemare, de un juez que condenase a un hombre bajo 
el pretexto de que, hace millares de años, un antepasado suyo cometiera un crimen?» Es, sin 
embargo, ese odioso papel que el Catolicismo atribuye al juez supremo - Dios! 
       Es por tales motivos que se justificó el alejamiento y la ojeriza que ciertos pensadores 
concibieran por la idea de Dios. Es lo que explica, sin disculparla, a la vehemente acusación 
de un célebre escritor
: ¡Dios es el mal! 
      Si consideramos el dogma del pecado original y de la caída como lo que es, realmente, o 
sea, como un mito, una leyenda oriental, exactamente como se presenta en todas las 
cosmogonías antiguas; si destruyésemos de un soplo tales quimeras, todo el edificio de los 
dogmas y misterios inmediatamente se desmorona. ¿Que restará, entonces del Cristianismo? 
se me puede preguntar. Restará lo que él en sí contiene de verdaderamente grande, de vivo y 
racional, o sea, todo lo que es susceptible de elevar y fortalecer a la Humanidad. 

      Prosigamos en nuestro examen. La soberanía de Dios, dicen los teólogos, se manifiesta 
por la predestinación y por la redención. Siendo Dios absoluto soberano, su voluntad es la 
causa final y decisiva de todo cuanto ocurre en el Universo. Agustín es el autor de ese dogma,
 que él instituye en su lucha con los maniqueos, partidarios de dos principios opuestos: el bien
 y el mal, y contra Pelágico, que reivindicaba los derechos de la libertad humana. Todavía, 
Agustín se apoya, para defender su dogma, en la autoridad de S. Pablo, verdadero creador de
 la doctrina de la predestinación, cuyo enunciado, poco concluyente a nuestro modo de ver,
 está en el capitulo IX de la Epístola a los Romanos. 
     Según S. Pablo, cuya teoría fue adoptada sucesivamente por Agustín, por los reformadores
 del siglo XVI y, mas tarde, por Jansen, Pascal, etc., el hombre no puede obtener la salvación 
por sus propias obras, arrastrándolo su naturaleza, como invenciblemente lo arrastra, al mal.  
      Esa inclinación funesta es el resultado de la caída del primer hombre y de la corrupción que
 de ella deriva para toda la Humanidad, habiéndose tornado la herencia de todos los hijos de 
Adán. Y que por la concepción se transmite a los hijos el pecado de los padres. Ese dogma se 
denomina traducianismo y las iglesias cristianas parecen no percibir que, con esa afirmación 
monstruosa, se hacen aliadas del materialismo, que proclama la misma teoría bajo el nombre 
de ley de la herencia. 
      Todos los hombres, perdidos por el pecado de Adán, serían destinados a la condenación
 eterna, si Dios, en su misericordia, no hubiese encontrado un medio de salvarlos. Ese medio 
es la redención. El hijo de Dios se hace hombre. En su vida terrestre, cumplió la voluntad de su
 Padre y satisfizo su justicia, ofreciéndose en holocausto para salvación de todos los que se 
unan a su iglesia. 
      De ese dogma resulta que los fieles no son salvos por un ejercicio de su libre voluntad, ni 
por sus propios merecimientos, porque no hay libre albedrío ante la soberanía de Dios, sino por efecto de una gracia que Dios concede a sus electos. Llevando ese argumento a todas sus consecuencias
 lógicas, se podría decir: Es Dios quien atrae a los escogidos y quien aparta a los pecadores. 
Todo se hace por la predestinación divina. Adán, por consiguiente, no pecó por su libre 
albedrío. Fue Dios, absoluto soberano, el que lo predestinó a la caída. 
      Ese dogma conduce a tan deplorables resultados, que el propio Calvino, que lo afirmó con
 todas sus consecuencias, lo denomina, hablando de los hombres predestinados a la 
condena eterna, un «horrible decreto» (decretum horribile). «Mas Dios habló, acrecienta, y la 
razón debe someterse». Dios habló! ¿Dónde y por quien habló él? En oscuros textos, obra de
 una imaginación perturbada. 
      Y para imponer tales opiniones, para sugerirlas en los espíritus, ¡Calvino no reculó ni ante
 el empleo de la violencia! La hoguera de Servet nos lo atestigua. 
      Lógica terrible que, procediendo de verdades mal comprendidas, como dijimos mas arriba,
 se confunde en sus propios sofismas y recurre al hierro y al fuego, con el fin de imponerse y 
resolver cuestiones inextricables, con el fin de aclarar un embrollo creado por las pasiones y 
por la ignorancia. 
      «¿Cómo - replicaba Pelágico a Agustín - nos perdona Dios nuestros pecados y nos imputaría los de otro?» 
«Solo hay un Dios - dice S. Pablo (70) - y un solo mediador (71) entre Dios y los hombres, que
 es Jesucristo, hombre.» 
      Mediador, o sea, intermediario, médium incomparable, punto de unión que liga a la 
Humanidad a Dios, ¡ahí está lo que es Jesús! Mediador y no redentor, porque la idea de 
redención no soporta el examen. Es contraria a la justicia divina; es contraria al orden 
majestuoso del Universo. Entre los mundos que ruedan en el espacio, la Tierra no es el único 
lugar de dolor. Otras estancias de sufrimiento hay, en que las almas, cautivas a la materia, 
aprenden, como aquí, a dominar sus vicios y adquirir cualidades que les permitirán el acceso 
a mundos más felices. 29 
      Si el sacrificio de Jesús fuese necesario para salvar a la Humanidad terrestre, Dios debería
 el mismo socorro a otras Humanidades desgraciadas. Siendo, sin embargo, ilimitado el número
 de los mundos inferiores en que dominan las pasiones materiales, el hijo de Dios sería, por eso
 mismo, condenado a sufrimientos y sacrificios infinitos. Es inadmisible semejante hipótesis. 
      Con su sacrificio, dicen otros teólogos, Jesús «venció al pecado y a la muerte, porque la 
muerte es el salario del pecado y un tremendo desorden en la Creación» (72). 
      Todavía, se muere después de la venida de Jesús, como antes de él se moría. La muerte, considerada por ciertos cristianos como consecuencia del pecado y punición del ser, es, todavía
, una ley natural y una transformación necesaria para el progreso y la elevación del alma. No 
puede ser elemento de desorden en el Universo. Juzgarla de ese modo, ¿no es sublevarse 
contra la divina sabiduría? Es así que, partiendo de un punto de vista erróneo, los hombres de 
la Iglesia llegan a las más extrañas concepciones. 
      Cuándo afirman que, por su muerte, Jesús se ofreció a Dios en holocausto, para la salvación
 de la Humanidad, ¿no equivale eso a decir, en la opinión de los que creen en la divinidad de 
Cristo, que se ofreció a sí mismo? ¿Y de que habrá él salvado a los hombres? No de las penas
 del infierno, pues todos los días nos repiten que los individuos que mueren en estado de pecado
 mortal son condenados a las penas eternas. 
(70) I Ep. a Timoteo, cap. II, 5. 
(71) Esa expresión "mediador" es, aparte de eso, aplicada tres veces a Jesús por el autor de la "Epístola a los 
Hebreos". 
      La palabra pecado no expresa, en sí misma, sino una idea confusa. La violación de la ley
 acarrea a cada ser una disminución moral, una reacción de la conciencia, que es una causa 
de sufrimiento íntimo y una disminución de las percepciones animales. Así, el ser se pone a sí
 mismo. Dios no interviene, porque Dios es infinito; ningún ser sería capaz de producirle el 
menor mal. 
      Si el sacrificio de Jesús salvó a los hombres del pecado, ¿porqué, entonces, todavía los 
bautizan? Esa redención, en todo caso, no se puede extender sino únicamente a los cristianos
, a los que han conocido y aceptado la doctrina del Nazareno. ¿Habría ella, pues, excluido de 
su esfera de acción a la mayor parte de la Humanidad? Existen aún hoy en la Tierra millares, 
millones de hombres que viven fuera de las iglesias cristianas, en la ignorancia de sus leyes, 
privados de esa enseñanza, sin cuya observancia, dicen, «no hay salvación». ¿Que pensar de
 opiniones tan opuestas a los verdaderos principios de amor y justicia que rigen los mundos? 
        No, la misión de Cristo no era pagar con su sangre los crímenes de la Humanidad. La 
sangre, mismo de un Dios, no sería capaz de salvar a nadie. Cada cual se debe salvarse a sí 
mismo, salvarse de la ignorancia y del mal. Nada fuera de nosotros podría hacerlo. 
        Es lo que los Espíritus, por millares, afirman en todos los rincones del mundo. De las 
esferas de luz, donde todo es serenidad y paz, descendió Cristo a nuestras oscuras y 
tormentosas regiones, para mostrarnos el camino que conduce a Dios: ese fue su sacrificio. 
La efusión de amor en que envuelve a los hombres, su identificación con ellos, en las alegrías 
como en los sufrimientos, constituyen la redención que nos ofrece y que somos libres de 
aceptar. Otros, antes de él, habían inducido a los pueblos al camino del bien y de la verdad. 
Ninguno lo hiciera con la singular dulzura, con la ternura penetrante que caracteriza la 
enseñanza de Jesús. Nadie supo, como él, enseñar a amar las Virtudes modestas y escondidas
. En eso reside el poder, la grandeza moral del Evangelio, el elemento vital del Cristianismo, 
que sucumbe bajo el peso de los extraños dogmas de que lo llenaran.  
     El dogma de las penas eternas debe prendernos la atención. Arma temible en las manos de 
los curas, en las épocas de fe, amenaza suspensa sobre la cabeza del hombre, él fue para la
 Iglesia un instrumento incomparable de dominio. 
     ¿De donde procede esa concepción de Satanás y del infierno? Únicamente de las falsas 
nociones que el pasado nos legó respecto de Dios. Toda la Humanidad primitiva creyó en los 
dioses del mal, en las potencias de las tinieblas, y esa creencia se tradujo en leyendas de terror,
 en imágenes pavorosas, que se transmitieran de generación en generación; inspirando gran 
número de mitos religiosos. Las fuerzas misteriosas de la Naturaleza, en sus manifestaciones, 
lanzaban el terror en el espíritu de los hombres primitivos. 
     A su alrededor, en la sombra, en todas partes, creían ver formas amenazadoras, prontas a 
agarrarlos, a apoderarse de ellos. 
    Esas potencias malignas fueran personificadas, individualizadas por el hombre. De ese modo,
 creó él los dioses del mal. Y esas remotas tradiciones, legado de las razas desaparecidas, 
perpetuadas de edad en edad, se encuentran todavía en las actuales religiones. 
(72) De Pressensé, "Jesús Cristo, su tiempo, su vida, su obra", pág. 654. Se encuentra esa 
opinión en muchos autores católicos.  
       De ahí Satanás, el eterno revelado, el enemigo eterno del bien, más poderoso que el 
mismo Dios,- pues reina como señor en el mundo, y las almas creadas para la felicidad caen,
 en su mayor parte, bajo su yugo; - Satanás, la astucia, la perfidia personificadas; después, el
 infierno y sus torturas refinadas, cuya descripción hace que desvaríen las imaginaciones 
simples. 
       Así que, en todos los dominios del pensamiento, el hombre terrestre sustituyó las claras 
luces de la razón, que Dios le dio como segura guía, por las quimeras de su imaginación 
desorientada. 
       Es verdad que en nuestra época, criticadora y escéptica, ya no cree absolutamente en el
 diablo; mas los padres no continúan menos, por ese motivo, enseñando su existencia y la del
 infierno. De tiempo en tiempo, puede oírse, desde lo alto del púlpito, la descripción de los 
castigos reservados a los condenados, o de las hazañas de Satanás. Y no se trata ya de 
modestas cátedras de aldea: era bajo las bóvedas de Nuestra Señora de París, donde el 
padre Janvier, en la cuaresma de 1907, pronunciaba estas palabras: 
"Imagina mucha gente que el demonio no es mas que un símbolo, una figura literaria que no 
corresponde a nada en la Creación, una ficción poética, una palabra que sirve para designar 
al mal y a las pasiones: es un error. El demonio, en la doctrina católica es un ser perfectamente
 real, una personalidad distinta del resto de la Naturaleza, teniendo vida, acción y dominio propio
. Lo que, sin embargo, es infinitamente más temible es la acción ordinaria, continua, ejercida 
por Satanás en la Creación, la intervención real y oculta que tiene en el curso de los sucesos 
y de las estaciones, en la germinación de las plantas, en el desatar de los vientos y de las
 tempestades." 
     Así se atasca la Iglesia en las doctrinas del pasado. Continúa cerrando puertas a  la ciencia
 y al conocimiento, introduciendo  en todas las cosas al demonio, hasta incluso en el dominio 
de la moderna Psicología. Amenaza con las llamas eternas a todo individuo que procura 
emanciparse de un Círculo que su razón y consciencia repudian. En sus manos, el Evangelio 
de amor se convirtió en un instrumento de terror. 
     Justo es, sin duda, que la Iglesia recomiende prudencia a sus fieles; pero se equivoca sin 
embargo,al prohibirles las prácticas espiritas bajo el pretexto de que emanan del demonio. 
¿Es, por ventura, demonio el Espíritu que se confiesa arrepentido y pide oraciones? 
¿Demonio el que nos exhorta a la caridad y al perdón? En la mayoría de los casos, en lugar 
de ser ese personaje astuto y maligno descrito por la Iglesia, Satanás sería completamente 
destituido del sentido común, al no percibir que trabaja en su contra. Si  que hay malos espíritus
, a los cuales se podría con razón aplicar ese calificativo, es preciso también no olvidar que esos
 demonios son perfectibles. Son, por ejemplo, los criminales que la pena de muerte hace pasar
 para la otra vida, con la blasfemia en los labios y el odio en el corazón. Esos no cesan de dirigir
 contra los hombres su maléfica influencia, que, con mayor razón, se han de hacer sentir cuando
 se presenten en las sesiones espiritas en las que no haya, para alejarlos, un conjunto de 
voluntades suficientemente enérgicas. 
      Mas, ¿no basta reflexionar un momento en la obra divina, para repeler toda creencia en el
 demonio? ¿Cómo admitir que el supremo foco del Bien y de lo Bello, la inagotable fuente de
 misericordia y bondad, haya podido crear ese ser hediondo y malvado? ¿Cómo creer que Dios
 le haya podido conceder, con la consciencia del mal, todo el poder sobre el mundo, y haya 
abandonado, como presa fácil, a toda la familia humana?. 
(73) P. Janvier, "Explicación de la moral católica". "Él vivió y el pecado". - Ver también "La Libre Palabra", 3 de 
noviembre de 1907. 
     No, Dios no podía crear a la inmensa mayoría de sus hijos para perderlos, para hacer su 
desgracia eterna; Dios no otorgó el poder a quien más abusaría de él, al más inicuo, al más 
perverso. Eso es inadmisible, indigno de un alma que cree en la justicia en la bondad del 
Creador. Admitir a Satanás y al infierno eterno es insultar a la Divinidad. Una de dos: o Dios 
posee la presciencia y supo, de antemano, cuales serían los resultados de su obra, y, en este 
caso, ejecutándola, se hizo el verdugo de sus criaturas; o si  no previó ese resultado, no posee 
la presciencia, es falible como su propia obra, y entonces, proclamando la infalibilidad del papa, la Iglesia lo colocó superior a Dios. Es con semejantes concepciones como se inducen a los pueblos al escepticismo y al materialismo. La Iglesia Romana con tal principio incurre en las mas graves responsabilidades. 
     En cuanto a los castigos reservados a los culpables, como sanción penal y para asegurar la
 ejecución de la ley de justicia, no hay necesidad de crearlos imaginarios. 

     Si reparásemos a nuestro alrededor, veremos que por todas partes, en la Tierra, el dolor nos 
acecha. No es necesario salir de este mundo para encontrar sufrimientos proporcionales a todas
 las faltas, condiciones expiatorias para todos los culpables. ¿Por qué buscar el infierno en 
regiones quiméricas? El infierno está alrededor nuestro. ¿Cuál es el verdadero sentido de la 
palabra infierno? ¡Lugar inferior! Ahora, la Tierra es uno de los mundos inferiores del Universo
. El destino del hombre aquí es muchas veces cruel, muy grande la suma de sus males, para 
que se deban tornar sombrías, por concepciones fantásticas, las perspectivas del futuro. 
Semejantes ideas son un ultraje lanzado a Dios. No puede haber eternos sufrimientos, y sí 
únicamente sufrimientos temporales, apropiados a las necesidades de la ley de evolución y de
 progreso. El principio de las reencarnaciones sucesivas es más equitativo que la noción del 
infierno eterno; torna efectiva la justicia y la armonía del Universo. Es en el transcurso de nuevas
 y penosas existencias terrestres que el culpable rescata sus pasados crímenes. La ley del 
destino está tejida individualmente por nosotros, en la trama de las acciones buenas y malas,
 que todas se reflejan en nosotros a través de los tiempos, con sus consecuencias felices o 
funestas. Así cada cual prepara su cielo o su infierno.  
     El alma, en el período inferior de su evolución, encerrada en el círculo de las vidas terrestres
, vacilante, incierta, oscilante entre diversas atracciones, ignorante de los grandiosos destinos 
que la esperan y del fin de la Creación, yerra, flaquea, se abandona a las pasiones, a las 
corrientes materiales que la arrebatan. Mas, poco a poco, por el desarrollo de sus fuerzas 
psíquicas, de sus conocimientos, de su voluntad, el alma se eleva, se libera de las influencias 
inferiores y sobrevuela hacia las regiones divinas. 
     Tiempo vendrá en que el mal ya no será la condición de esta existencia; en que los seres, 
purificados por el sufrimiento, después de haber recibido la larga educación de los siglos, dejarán
 la senda oscura para encaminarse hacia la luz eterna. Las Humanidades, vinculadas por los 
eslabones de una íntima solidaridad y de una afección profunda, caminarán de progreso en 
progreso, de perfección en perfección, hacia el gran foco, para el objetivo supremo que es Dios
, realizando así esa obra del Padre, que no quiere la perdición y sí la felicidad y la elevación de 
todos sus hijos. 

    El argumento principal de los defensores de la teoría del infierno es que la ofensa hecha por
 el hombre, ser finito, a Dios, ser infinito, es, en consecuencia, infinita y merece pena eterna. 
Ahora, cualquier matemático dirá que la relación de una cantidad finita con una infinita es nula. Se podría invertir el argumento y decir que el hombre, finito es ignorante, y no sería capaz de ofender a lo
 infinito, y que su ofensa es nula con relación a este. El no puede hacer mal sino a sí mismo, 
retardando su elevación y atrayendo los sufrimientos que toda acción culposa engendra. 
     ¿Estarán los jefes de la Iglesia realmente convencidos de la existencia del infierno eterno, 
¿no verán en él, de preferencia, un ilusorio espantajo, necesario, sin embargo, a la conducta de
 la Humanidad? Es lo que se podría creer, comentando las siguientes palabras de S. Jerónimo,
 el traductor de la Vulgata: 
"... Tales son los motivos en que se apoyan los que quieren hacer comprender, que, después 
de los suplicios y tormentos, habrá consolación, lo que actualmente se debe ocultar a aquellos 
para quienes es útil el temor, a fin de que, recelando de los suplicios, se abstengan de pecar. 

     Es verdad que S. Jerónimo no dudó en hacer figurar, en el texto del Evangelio, según San 
Mateo, estas expresiones: «El fuego eterno, o suplicio eterno». Mas las palabras hebreas que
 así fueran traducidas «no parece, de modo alguno tener el sentido que los latinos les atribuyeran» (75). 
      No puede ser ese el pensamiento de aquel que dijo: «Dios no quiere que perezca uno solo
 de esos pequeñitos.» Estas palabras son confirmadas por los apóstoles: 
"Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a tener el conocimiento de la verdad." (8. Pablo, I, Timot., II, 4). 
"Dios es el salvador de todos los hombres." (8. Pablo, I, Timot., IV, 10)
"No retrasa el Señor la promesa, como algunos creen; es que pacientemente os aguarda, no 
queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan a penitencia." (8. Pedro, II, Epíst., III, 9). 
    Muchos, entre los padres de la Iglesia, opinan en el mismo sentido. Primero es el maestro 
de Orígenes, S. Clemente de Alejandría, que dice: 
"El Cristo Salvador opera finalmente la salvación de todos, y no apenas a de algunos 
privilegiados. El soberano Maestro todo dispuso, quiere en su conjunto, quiere en sus 
pormenores, para que fuese alcanzado ese fin definitivo. " 
 S. Jerónimo, Obras, edición benedictina de 1704, t. 1704, col. 514, S. Jerónimo cita los 
siguientes textos: Rom., XI, 25, 26, 32; Mich. VII, 9, 19, etc 

     La palabra eterno, que tan a menudo se encuentra en las Escrituras, parece no deber ser 
tomada al pié de la letra, mas como una de esas expresiones enfáticas, hiperbólicas, familiares
 a los orientales. Es un error olvidar que todos son símbolos e imágenes en sus escritos. 
¿Cuantas promesas, pretendídamente eternas, hechas al pueblo hebreo o a sus jefes, no 
tuvieran realización? ¿Donde está esa tierra que los Israelitas debían poseer eternamente?
¿Donde esas piedras del Jordán, que Dios anunciaba que deberían ser, para su pueblo, un 
monumento eterno (Josué. VI, 7)?, ¿ Donde esa descendencia de Salomón, que debía reinar eternamente en Israel (I Paralipom., XXII, l0), y tantas otras, idénticas promesas? En todos 
esos casos, la palabra eterno parece simplemente significar: larga duración. El término hebreo
 olam, traducido por eterno, tiene como raíz al verbo alam, ocultar. Expresa un período cuyo 
fin se desconoce. Lo mismo pasa con la palabra griega aion y la latina aeternitas. Tiene esta 
como raíz aetas, edad, Eternidad, en el sentido en que lo entendemos hoy, se diría en griego 
aidios y en latín sempiternus, de semper, siempre. (Ver abad J. Petit, Resurrección, de abril 1903). Las
 penas eternas significan entonces: sin duración limitada. Para quien no les ve el término, son
 eternas. Las mismas formas de lenguaje eran empleadas por los poetas latinos Horacio, 
Virgilio, Estacio y otros. Todos los monumentos Imperiales de los que hablan deben ser, decían
ellos, de eterna duración. 
       En seguida, S. Gregório de Niza  de un modo mas formal se pronuncia contra la eternidad
 de las penas. A su modo de ver: 
    "Hay necesidad de que el alma inmortal sea purificada de sus máculas y curada de todas sus
 enfermedades. Las pruebas terrestres tienen por objetivo operar esa cura, que después de la 
muerte se completa, cuando no puede ser concluida en esta vida. Cuando Dios hace sufrir al 
pecador, no es por espíritu de odio o de venganza; quiere reconducir al alma a él, que es la 
fuente de toda felicidad. El fuego de la purificación no dura mas que un tiempo conveniente, y el
 único fin de Dios es hacer definitivamente participar todos los hombres de los bienes que 
constituyen su esencia" . 
        En nuestros días es monseñor Méric, director del Seminario de S. Sulpício, que largamente expone en sus obras la teoría de la mitigación de los sufrimentos . Y la Iglesia, sintiendo tal vez que la 
idea de un infierno eterno hizo su época, no se opuso a la divulgación de esa tesis.   Radica en 
las mismas preocupaciones la noción del purgatorio, término medio adoptado por la Iglesia, que
 reculó ante la enormidad de las penas eternas aplicadas a ligeras faltas. La cuestión del 
purgatorio es de la más alta importancia, pudiendo constituir un vínculo, un trazo de unión 
entre las doctrinas católicas y las del moderno Espiritualismo. En el pensamiento de la Iglesia
 Romana el purgatorio es un lugar no definido, indeterminado. Nada impide al católico de 
concebir los sufrimientos purificadores del alma bajo la forma de vidas planetarias ulteriores, 
al paso que el protestante ortodoxo, para adoptar la noción de las vidas sucesivas, es obligado
 dejar de lado sus convicciones, en las que el purgatorio no es admitido. 
       En la mayoría de los casos, el purgatorio es la vida terrestre con las pruebas que la 
accidentan. Los primeros cristianos no lo ignoraban. La Iglesia de la Edad Media repelió esa 
explicación, que habría acarreado la afirmación de la pluralidad de las existencias del alma y la
 ruina de la institución de las indulgencias - fuente de grandes lucros para los pontífices 
romanos. Se sabe cuantos abusos de ahí se originaran.,,,,

  (continúa en el siguiente publicado)






                                                           
 

                           


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