lunes, 1 de mayo de 2017

Los Espíritas y la Bíblia



Contenido de este  Blog en el día de hoy:

- Inteligencia e Instinto
- Transitar la ancianidad
-  Los Espíritas y la Bíblia
-  La Alegría

                                   

          INTELIGENCIA E INSTINTO

71 – ¿La inteligencia es un atributo del principio vital?
– No, puesto que las plantas viven y no piensan; tan solo tienen vida orgánica. La inteligencia y la materia son independientes, pues un cuerpo puede vivir sin inteligencia; pero ésta sólo puede manifestarse por medio de los órganos materiales, y es necesaria la
unión con el espíritu para dar inteligencia a la materia animalizada.
         La inteligencia es una facultad especial, propia de cierta clase de seres orgánicos que les da, con el pensamiento, la voluntad de actuar, la conciencia de su existencia y de la individualidad, así como también los medios para establecer relaciones con el mundo exterior y de atender a sus necesidades.
        Pueden distinguirse así: Primero: los seres inanimados formados únicamente de materia, sin vitalidad ni inteligencia, que son los cuerpos brutos.
       Segundo: los seres animados no pensantes, formados de materia y dotados de vitalidad, pero desprovistos de inteligencia. Tercero: los seres animados que piensan, formados de materia, dotados de vitalidad y que tienen además un principio inteligente que les da la facultad de pensar.

72 – ¿Cuál es la fuente de la inteligencia?
– Ya lo dijimos: la inteligencia universal.
– ¿Podría decirse que cada ser toma una porción de inteligencia de la fuente universal y la asimila, como toma y asimila el principio de la vida material?
– Esto no es más que una comparación e inexacta, porque la inteligencia es una facultad propia de cada ser y constituye su individualidad moral. Además, ya sabéis, que hay cosas que no es dado al hombre penetrar, y esta es, por ahora, una de ellas.

73 – ¿El instinto es independiente de la inteligencia?
– No, precisamente, porque es una especie de inteligencia. El instinto es una inteligencia no racional, y por él todos los seres atienden a sus necesidades.

74 – ¿Puede fijarse un límite entre el instinto y la inteligencia, es decir, precisar donde termina uno y comienza la otra?
– No, porque con frecuencia se confunden; pero se pueden distinguir muy bien los actos que pertenecen al instinto de los que pertenecen a la inteligencia.

75 – ¿Es exacto decir que disminuyen las facultades instintivas a medida que crecen las intelectuales?
– No; el instinto existe siempre, pero el hombre lo descuida.
También puede el instinto conducir al bien; nos guía casi siempre y a veces con más seguridad que la razón; porque nunca se extravía.
– ¿Por qué la razón no es siempre un guía infalible?
– Sería infalible sino estuviese falseada por la mala educación,por el orgullo y el egoísmo. El instinto no razona; pero la razón deja la elección al hombre y le da el libre albedrío.

     El instinto es una inteligencia rudimentaria que difiere de la inteligencia propiamente dicha en que las manifestaciones son espontáneas casi siempre,mientras que las de la inteligencia son resultado de una combinación y de un acto deliberado.
    El instinto varía en sus manifestaciones según las especies y sus necesidades. En los seres que tienen conciencia y percepción de las cosas exteriores se alía a la inteligencia, es decir, a la voluntad y a la libertad.

L.E. Libro  Primero  Cáp. 4º

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            TRANSITAR LA ANCIANIDAD

       Uno de los desafíos de la sociedad actual, con su ritmo vertiginoso, sus escalas de valores, sus modas, mitos y creencias, radica en aceptar que la ancianidad, es un hecho patológico, natural, al que todos llegaremos en algún momento. En cambio, la vejez, es un estado del alma que puede manifestarse en cualquier etapa de la vida del ser humano; se asocia con la disconformidad, la falta de vivir y el pesimismo. Lograr una ancianidad sin vejez, sería tal vez el punto de confluencia de nuestros objetivos de vida, cuando ya mayores, la existencia nos proponga otras actividades, otras actitudes, otras miradas. 

       “Hasta hace menos de un siglo, pocos llegaban a viejos; pero ahora casi todos llegaremos a serlo: los viejos se volvieron normales. Con la normalización, el viejo pasó a ser una presencia frecuente y por ende, molesta en una sociedad insegura (..) Hay entre ellos personas con gran experiencia, mucho menos manipulables que los jóvenes. Además, tienen tiempo libre e incluso pueden abrazar una causa con más determinación, porque en muchos casos será lo que devuelva a su existencia el sentido que la marginación etaria (de la edad) le había quitado (...) A esta altura de la vida es mucho más común expresarse sin reservas, lo que no es debido a ningún debilitamiento sino a una perspectiva diferente del momento existencial. En síntesis: es un sector de población con un enorme potencial de transformación social...”(Eugenio Zaffaroni para Clarín Spl. Palabra Mayor). 

       Hay tres factores que promueven la toma de conciencia del inicio de esta etapa de la vida: 
• La jubilación o retiro laboral 
• La consideración o desconsideración social de las personas que han superado cierta edad.
 • El conjunto de trastornos o disfunciones físicas y orgánicas. Frente a este conjunto de razones externas que cumplen la función de disparar expectativas y vivencias, puede presentarse a veces, una crisis por la cercanía de un período vital para el ser humano, pero asociado culturalmente con inutilidad, desgaste, abandono. Cabe entonces al ser, realizar los mecanismos que lo impulsen: -al reconocimiento de su nueva etapa de vida que se va dando paulatinamente: -aceptación de sus posibilidades expresivas y de desarrollo físico, programación de nuevas actividades que el tiempo disponible y la experiencia de vida permiten y por último, valoración de todo lo que se pudo haber vivido y de la posibilidad de continuar experimentando y aprendiendo, de otra manera. Lejos de asumir esta etapa de vida con depresión y angustia por el tiempo transcurrido, la persona mayor puede construir su futuro con experiencias que vitalicen más su espíritu, enriquezcan sus afectos, llevando ternura y comprensión por los procesos naturales que se deben vivir. 
       “La juventud es la edad heroica y su filosofía la del entusiasmo; la madurez es la edad de la plenitud, la vejez necesita un presente y un mañana, y otras edades, una filosofía de la esperanza. 
       Cualquier época de la vida que se estanca en su temporalidad, ve declinar su horizonte, pierde vigor y envergadura (Bermann, Gregorio) 
       El papel que la familia y la sociedad tienen en este entramado de relaciones vitales, es sumamente significativo. 
       Se debe tomar conciencia de que los ancianos (más de 600 millones en el mundo actual), requieren atenciones y cumplimiento de necesidades básicas que hacen a su atención material como afectiva. Esta es una responsabilidad ineludible de quienes tienen manejo de poder de decisiones trascendentes que afectan a la calidad de vida y a la dignidad de las personas. A la familia, también le compete otras tareas que se direccionan en dos sentidos: la atención a sus requerimientos materiales si fueran necesarios y también, el cuidado de sus necesidades aquí se requieren con mayores demostraciones y sensibilidad.            Al transitar por este camino, el ser humano dignifica, muchas veces, el valor de los afectos, de la compañía, de la disposición para el diálogo, para compartir el tiempo más libre que se dispone. Para la familia entonces, implica una pausa necesaria en el vértigo de los días y sobre todo a una consideración y una valoración de esos seres - nuestros padres, nuestros abuelos- que hoy transitan (como mañana lo haremos nosotros), esta etapa de decaimiento físico pero que puede posibilitar el fortalecimiento afectivo. 
         Es tiempo de organizar otro tipo de actividades que permitan el cuidado de la salud, la energía mental, el desarrollo de aquellas capacidades espirituales, anhelos o aspiraciones que han quedado postergadas. Es tiempo de reflexionar sobre las posibles equivocaciones cometidas, los aciertos alcanzados, las intenciones que movilizaron ciertas actitudes de vida. Y en esa meditación responsable de la vida, percibir todo lo que se recibió de los seres queridos, todo lo que se dio afectivamente, comprendiendo que es este, un tiempo propicio para enriquecer los afectos familiares, promover las actitudes solidarias, porque una existencia rica en emociones, nos retornará fortificando la materia, y brindando serenidad y paz a los sentimientos. 
         Transitar de esta manera la tercera edad, es caminar sin la desesperación Transitar la ancianidad del tiempo que se escapa, sin la angustia por el cuerpo que ya no se tiene, sin el caprichoso aferrarse a lo pasado como símbolo de lo mejor que se tuvo en la vida. 
         Cada etapa de la vida ofrece sus experiencias, sus aprendizajes y de cada uno depende saber aprovecharla con el propio crecimiento espiritual. Sería importante poder vivir los años que Dios permita con sana alegría, con la serenidad de una conciencia tranquila, con el constante esfuerzo por seguir superándose día a día, seguros de que todo lo que hemos construido en esta existencia, se aquilata en el espíritu como una fuerza que no conoce fronteras materiales. 
“Si el hombre joven es bello, el viejo es grande, si se ve fuego en los ojos de los jóvenes, en el de los viejos se ve luz” (Victor Hugo). 

Esteban Pérez ( Revista Verdad y Luz Febrero 2014)

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            LOS ESPÍRITAS Y LA BÍBLIA

J Herculano Pires 

65---Los espiritas no consideran A la Biblia como “la palabra de Dios”, sino como el punto de inicio de la Civilización Cristiana que aún se encuentra en fase de desarrollo en la Tierra. La Biblia representa la Codificación de la I Revelación del ciclo de las revelaciones cristianas. Tras ella viene El Evangelio, que es la Codificación de la II Revelación, hecha por el propio Cristo. Y tras el Evangelio tenemos El Libro de los Espíritus, seguido de los demás libros de la Codificación Espirita. En la Biblia, que es el Viejo Testamento, codificación de los libros sagrados del Judaísmo, hecha bajo la orientación de Esdras después del exilio de Babilonia, encontramos la revelación del plan de Dios para la Humanidad Terrena. Como parte central de ese plan vemos el anuncio del Mesías, que los judíos esperaban pero que no fueron capaces de reconocer cuando llegó. 

En el Evangelio, codificación de las enseñanzas de Jesús por los apóstoles y evangelistas, encontramos el anuncio del Espíritu de la Verdad – aquel que restablecería la verdad cristiana en la Tierra y prepararía nuestro planeta para el milenio de luz, o sea, el inicio de una nueva era en que el Reino de Dios vendría entre los hombres. En el Espiritismo tenemos las voces del más allá instaurando el Reino en los corazones y en las conciencias esclarecidas. Cada uno de esos libros se compone, en verdad, de muchos libros. Y cada una de esas colecciones de libros corresponde a una fase del largo y doloroso proceso de ascenso de los hombres hacia la divinidad. 

Ni la Biblia, ni los Evangelios, ni la Codificación Espírita merecen ser desconocidos y ninguno de esos códigos puede ser depreciado en su valor histórico, profético y divino por aquellos que realmente comprenden la grandeza del Plan de Dios. No es posible oponer el Evangelio a la Biblia u oponer el Espiritismo al Cristianismo, a menos que encaremos la obra de Dios a través de las lentes deformantes del sectarismo religioso. La palabra de Dios, como expresión simbólica, no se restringe a ninguno de esos conjuntos de libros en particular, pero impregna a todos ellos. Cuando aprendemos a leerlos según el espíritu que vivifica, y no según la letra que mata – como advirtió el apóstol Pablo – percibimos la armoniosa secuencia que ellos representan, en el desarrollo del Plan de Dios en la Tierra. 

Todos ellos fueron escritos bajo la inspiración de los poderes superiores del Cielo, cada cual destinado a una época, a un tipo de civilización, a un grado específico de evolución espiritual alcanzado por los hombres. La palabra de Dios pasa por todas esas páginas como el fuego entre las zarzas. En las viejas páginas de la Biblia ella arde y quema como el fuego del Sinai, luchando para destruir la ignorancia humana. En las páginas estelares del Evangelio ella brilla como las estrellas, indicando a los hombres el guión del Infinito. En las páginas mediúmnicas de la Codificación Espírita la palabra de Dios se irradia en la Tierra como las luminarias nocturnas, que permiten la lectura comprensiva de los textos anteriores y ahuyentan las tinieblas de la superstición, del misticismo fanático, del sectarismo ciego. 

Emmanuel en uno de sus mensajes, comparó a la Biblia con el esfuerzo desesperado de los hombres clamando a los cielos por socorro y el Evangelio como la respuesta del Cielo a los hombres. Pero la Codificación Espírita, como señaló Kardec, es la llave que nos permite comprender esa respuesta en la plenitud de su significado espiritual. Sin la llave del Espiritismo, la Biblia y el Evangelio dan motivos a muchas incomprensiones y divisionismos. Fue por eso que las guerras religiosas ensangrentaron los caminos del Cristianismo y las hogueras fratricidas transformaron en negro humo los divinos preceptos evangélicos. 

Además, es por eso que los cristianos se matan en nombre de Dios en la propia Europa de nuestros días, incapaces de percibir el crimen hediondo que practican. De lado a lado los cristianos formalistas, apegados a sus interpretaciones particulares de las escrituras, se dicen apoyados en la palabra de Dios para practicar de nuevo el crimen de Caín. Les falta la llave de luz del Espiritismo, que les daría, por encima de las trincheras arrogantes del sectarismo, la visión global de la Revelación Cristiana que es la revelación de la paternidad universal de Dios, de la fraternidad universal de los hombres y de la inmortalidad universal de las almas. Sin comprender esa trilogía divina, que el Evangelio nos ofrece en sus páginas y la Codificación Espírita esclarece en definitiva, a la luz de la razón y de la fe, jamás seremos cristianos y jamás sabremos definir la palabra salvación. 

J Herculano Pires 
Extraído del libro “El hombre nuevo”


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              LA ALEGRÍA

       La alegría es una sensación agradable que envuelve el cuerpo con bienestar. Muy diferentes son las causas que dan alegría a las personas, desde las circunstancias más simples que satisfacen un estado de necesidad momentánea del individuo (salud que mejora, situación financiera resuelta, recomposición de vínculos importantes, aprobación de exámenes, etc), hasta las más complejas y profundas, que involucran los hechos más íntimos del espíritu. Un niño se pone alegre al recibir un juguete nuevo, pero cuando crezca y se convierta en adulto habrá de tener otro nivel de exigencia en términos de alegría.

   Siempre que existe armonía entre el interior y el exterior, el resultado es una satisfacción más plena para el individuo. De esta manera establecemos una conexión entre la alegría y la satisfacción  causada por un estado mental que produce contentamiento; cuanto mayor el contentamiento, mayor será la felicidad. En realidad, el verdadero contentamiento en las personas se debe al estado de pureza espiritual. Solamente la pureza de la mente es capaz de generar buenos niveles de contentamiento, de modo que un individuo que albergara las impurezas de las preocupaciones y los sentimientos inferiores, jamás habrá  de conocer lo que en realidad es la alegría.

    Una persona puede experimentar momentos de alegría al degustar una golosina, cuando conquista una posición social o porque su hijo marcha muy bien por la vida. Pero la alegría que nace de la pureza del alma elevada, obtenida por los valores del perdón, de la bondad, del respeto mutuo, en síntesis, de la conciencia tranquila, esta es la auténtica y perenne alegría del espíritu.

  La alegría espiritual es el sello de un nuevo paradigma que prioriza el amor al prójimo. Límpiese la mente de tormentos, constrúyanse otros patrones de comportamiento espiritual sobre nuevas bases, y entonces seremos más felices.

                            Pureza  …... > Contentamiento ………..> Felicidad

-         Jason Caramargo- ( Educación de los sentimientos)


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